Biskek – Kyzart – Lago Song Kul
Kyzart!! Gritó el conductor del bus y nos hizo señas para que nos bajáramos. No estábamos en un pueblo, nos estaba dejando en la mitad de la carretera. Sin más opción, nos bajamos, cogimos las mochilas, revisamos el mapa y empezamos a caminar hacia Kyzart que, según Google Maps, estaba a 5km. No era poco, pero era lo que había. De repente vimos venir un camioncito y decidimos hacer autostop, nada perdíamos con probar. Por suerte paró. Era un hombre joven del pueblo y, aunque no hablaba inglés, nos saludó con un entusiasta ¡Hello!. Con señas le pregunté si podía llevarnos y él, sin pensarlo dos veces, nos ayudó feliz a subir las mochilas a su camión.


Kyzart sería nuestro punto de partida para una travesía de 3 días caminando y a caballo hasta el Lago Song- Kul, donde las comunidades nómadas.
Ese primer día serían 4 horas de camino, el plan era salir a mediodía, pero salimos 3 horas tarde, pues estos Kirguis (gentilicio de Kirguistán) parecen tropicales y se toman su tiempo para cada cosa. No había de otra, llegaríamos al campamento al anochecer.







A lo lejos empezamos a ver las luces de los campamentos, mientras a nuestra espalda el sol se escondía tras las montañas. ¿Es ese nuestro campamento? Preguntaba al guía cada tanto, No, el siguiente, decía él. Finalmente llegamos en medio de la oscuridad y muertos de frío. Nos bajamos de los caballos, cojos y adoloridos, pero felices de haber llegado. Pero ¡Oh sorpresa! No había nadie en ese campamento, los nómadas, siendo nómadas, se habían ido. Tendríamos que buscar otro lugar donde comer y dormir.
Prendimos linternas y caminamos de regreso al último campamento por el que habíamos pasado. Allí nos recibieron e improvisaron camas y comida. No era lo que esperaba, pues no había comunidades nómadas, en su lugar, había un grupo de adolescentes europeos tomando vodka bajo un cielo completamente estrellado, y de fondo, en un parlante gigante, sonaba la gran Shakira.







Fueron días entre montañas y campamentos, dormimos en Yurtas (las casas tradicionales de las comunidades nómadas), usamos letrinas básicas y nos alimentamos a punta de sopas de pasta y papa. Gran experiencia, pero hay que decir que los caballos no son lo mío. Me costó mucho disfrutar de esas largas horas de cabalgata, si es que se le puede llamar a eso cabalgata. Sin embargo, hubo un momento surreal, casi un estado de meditación, cuando uno de los guías, que no hablaba inglés, ni siquiera ruso, empezó a cantar en Kirgui, su lengua, mientras caminaba y fumaba junto a su caballo. Juro que esos cantos desprevenidos sonaban como mantras en mis oídos, incluso quise cerrar los ojos, pero hubiera sido un acto suicida para una jinete torpe e inexperta como yo.


Algunos han preguntado por qué escogí Kirguistán, pues no es un destino común. Cuando se me ocurrió venir a Kirguistán me hacía mucha ilusión venir a las montañas y conocer la vida nómada, de hecho fue ese el motivo por el que escogí este país. Y estando aquí me di cuenta de que efectivamente es un destino poco común que, por ahora, está lejos del turismo en masa. Pero qué bien se siente conocer un lugar donde no existe el «spot perfecto» para la foto en redes o donde incluso es difícil comprar un souvenir.
Así que la pregunta no es ¿Por qué Kirguistán?, sino ¿Por qué queremos conocer siempre lugares «extraordinarios»? Puede que ante los ojos de algunos este lugar sea demasiado ordinario como para atravesar océanos, pero para mí, en aquello que parece simple está la posibilidad de ver lo realmente extraordinario: personas, costumbres y vidas muy distintas a la mía.
No tengo souvenirs de Kirguistán, pero comí carne de caballo, probé leche de yegua (bebida nacional), conocí parte de la vida nómada y entendí un poco más de la historia de la Unión Soviética.
Kirguistán ha empezado a recibir visitantes en los últimos 10 años y esto está asociado a la apertura de su vecino Uzbekistán. Efectivamente fue un poco retador viajar a un país que está aprendiendo a hacer turismo, pues a veces es difícil conseguir información y comunicarse. Sin embargo, es un país seguro y tranquilo (aunque el tráfico en la capital, es como en Bogotá). Viajar por este país fue una oportunidad para soltar el control, confiar y perfeccionar las habilidades de improvisación.
