Tashkent – Samarcanda – Bujará
Mezquitas y pan, mucho pan. Es eso lo que se me viene a la mente cuando recuerdo los días allí en Uzbekistán.
Uzbekistán es uno de los llamados stan (Tayikistán, Kirguistán, Pakistán, Afganistán, Kazajistán y Turkmenistán), 7 países que comparten un pasado Soviético, así como la historia asociada a la antigua Ruta de la Seda. Es un país principalmente musulmán y es aún tradicional en cuanto a sus costumbres y prácticas religiosas, ya que, para evitar la influencia de culturas externas, estuvo cerrado al turismo hasta el año 2016. Su reciente apertura, lo ha convertido en una joya escondida de Asia Central que empieza a volverse un destino popular, especialmente entre asiáticos y europeos.
Dado que es un país pequeño, es relativamente fácil de visitar, incluso por cuenta propia, pues es muy seguro, barato y todo funciona bien, excepto las Apps, defectuosas, pero imprescindibles, hicieron que, desde tramitar la visa hasta pedir un taxi, fuera siempre un pequeño dolor de cabeza.




Además de las impresionantes y majestuosas mezquitas y los coloridos y aromáticos mercados llenos de té, especias y frutas, están también los barrios donde aún transcurre la vida local y donde las panaderías juegan un papel central.
En toda mesa y comida, siempre hay pan o Non, como lo llaman ellos. Grandes, redondos y brillantes, están por todo lado. En los restaurantes no hace falta ni pedirlo, simplemente lo ponen (eso sí, siempre lo cobran). Tradicionalmente lo cocinan en grandes hornos de barro, lo venden en carritos callejeros o sobre coloridos tapetes, siempre expuestos para dejar ver sus lindos diseños, hechos con un sello especial. El olor a pan fresco hace parte del paisaje de todas las ciudades, pues el pan tiene un importante valor cultural y es además un símbolo de hospitalidad.




Si bien Uzbekistán es un país pequeño, las distancias pueden ser largas y la mejor forma de moverse es en trenes, por eso los tiquetes se acaban rapidísimo y conseguir buenos asientos se vuelve difícil. Eso nos obligó no sólo a cambiar de recorrido, sino a tomar las únicas opciones de tren que iban quedando sin importar que fuera un vagón de primera, segunda o tercera clase.
Nuestro primer tren fue en un vagón de tercera clase, un espacio estrecho con literas gordofóbicas que parecían diseñadas para cuerpos diminutos y contorsionistas, pues acomodarse requería de ciertas habilidades.
Era un trayecto de 6 horas, nos había tocado literas separadas y de segundo piso. Y digo que nos había tocado, porque a veces no sabíamos ni qué estábamos comprando.
Ese día todos íbamos algo incómodos en aquél vagón, intentando permanecer quietos y en la única posición posible en esos pequeños puestos. Me sentía como en la cárcel, pero me estaba divirtiendo.


Entonces me acomodé y me dormí lo más pronto que pude, pero unas horas después vino Andrea a invitarme a su puesto, donde su compañero de litera, un Uzbeko extrovertido y hablador, nos quería invitar a su silla y compartir de su comida que, por supuesto, era pan, esta vez acompañado de una crema blanca, algo así como una prima del suero costeño y el queso crema. Comimos y tomamos té juntos las últimas horas del trayecto, mientras él intentaba averiguar información aleatoria sobre Colombia desde su celular.


Y bueno, el día que nos tocó tren de primera clase, la experiencia fue algo distinta. Solo diré que, mientras en tercera clase vendían Plov y Samsas, lo que sería el equivalente a lechona y empanada, en primera clase había un menú con hamburguesa y frutas.

Y de los Uzbekos, pues hay que decir que son más bien introvertidos, pero eso sí, siempre amables.



#Non #Rajmat #Salom #Samsas #ViajarEnTren