Los Macarenenses son como la hoja de plátano, me dijo una mujer en La Macanera, son como la hoja de plátano que ha pasado por el fuego para ser dócil. Me pareció una metáfora tan bella como profunda. Palabras dulces para describir a una población que pasó por el fuego, lloró sus muertos, se reinventó y entendió que el fuego duele, pero también transforma.
Viajé a La Macarena (Meta – Colombia), como muchos otros, en busca de naturaleza. Estando allí aprendí que este lugar es Amazonía, Orinoquía y Andes. Es selva, sabana y cordillera, y aquél colorido espejismo en movimiento que forma la famosa y, literalmente única, Macarenia clavigera, es tan solo una diminuta parte de todo lo que tiene este lugar. Sin duda, la naturaleza allí es exuberante e intimidante, tanto así, que a veces nos hace olvidar que este, como todos los lugares, tiene una historia por contar.
Leila Guerriero – escritora argentina – dice que los tours, particularmente los city tours, están hechos para mostrar a la gente únicamente lo que quiere ver. Y aunque estoy de acuerdo con ella, mi city tour en La Macarena fue justamente lo contrario. Claro, La Macarena no es una ciudad y, como ya lo dije, las personas van en busca de naturaleza, no de historia. Por eso el city tour – que pocos viajeros hacen aquí- busca narrar una historia que no queremos escuchar, una historia cruda que incomoda y nos invita a mirar a Colombia fijamente a los ojos.
La Macarena, como gran parte del territorio colombiano, ha sido históricamente un lugar habitado por guerras. Nació con el nombre de El Refugio porque allí llegaron colonos y campesinos desplazados por la guerra bipartidista. Más adelante, tomó el nombre de La Macarena, el mismo de la serranía que lo acobija. Desde su fundación ha estado atravesado por diferentes bonanzas como las de caucho y coca, así como varias etapas del conflicto armado en nuestro país. Fue también uno de los cinco municipios que hicieron parte de la denominada Zona de Despeje, aquel primer intento de negociación y paz con la guerrilla de las FARC y hoy es uno de los 170 municipios PDET, territorios reconocidos como los de mayor afectación por el conflicto armado.Parte de esto lo aprendí en el city tour, quizás el más corto que haya conocido, pues caminamos a lo largo de una sola calle, pero no tengo duda de que fue uno de los más valiosos y necesarios que haya vivido.
Y no quisiera dejar de compartir una historia que me voló la cabeza. En la iglesia del pueblo, justo detrás del púlpito, hay un mural. Es la imagen de La Última Cena, pero no es la imagen que todos conocemos, pues esta Cena se sitúa en un paisaje llanero, en medio de morichales, doce campesinos que representan los doce apóstoles, rodean a Jesús. La historia detrás, dice que este mural lo mandó a pintar el ex comandante de las FARC conocido como el Mono Jojoy, quien inicialmente quería que los doce apóstoles fueran hombres en trajes camuflados, es decir, guerrilleros, sin embargo, el párroco de la época se opuso, así que negociaron y acordaron que se haría representando el contexto local, las gentes, los paisajes, la cultura.
Dice mi hermana que los sonidos de la selva son como el ruido blanco, un sonido constante con diversas frecuencias. Y a mi se me ocurre entonces que La Macarena es eso, un ruido blanco. Es un territorio seguro y tranquilo que ha logrado el punto de equilibrio a pesar de todas las frecuencias que lo componen: guerra, gobiernos ausentes, comunidades, guerrillas, paramilitares y narcotraficantes, elementos que siguen siendo parte de este paisaje hoy en día. Y esto no es un hecho que se esconda ni se niegue, por el contrario, los habitantes lo nombran y lo reconocen como una parte de su realidad.
Si, solo una parte de su realidad, pues la otra parte han decidido construirla a pulso y a punta de cooperación, solidaridad, cohesión y organización comunitaria. Para mi son como un micro Estado, pues en ausencia de este, las personas (quizás como efecto colateral de la guerra) han adoptado reglas y prácticas que les permiten vivir dignamente y con mayor bienestar. Sorprende cómo cobran sus propios peajes, reunen grandes cantidades de dinero, construyen puentes y reparan trochas. Y como si fuera poco, hacen turismo comunitario, pues más allá de Caño Cristales, existen muchos otros lugares igual o más impresionantes, a donde solo se puede llegar con las comunidades que le están apostando a la conservación a través del turismo, como dijeron ellos mismos: «nos quitamos todos la corona y entendimos que el único que merece corona es el territorio».






No entiendo del todo la compleja historia de Colombia y quizás nunca terminaré de entenderla, pero lo que si sé, es que es de esta manera que me gusta conocer mi país. Desde lugares remotos, desde la naturaleza intimidante que me hace sentir vulnerable, desde los sabores del fiambre envuelto en hoja de plátano, y sobre todo, desde el privilegio de escuchar de cerca estas voces silenciadas y olvidadas. Admiro profundamente su valentía y fuerza, su capacidad de levantarse, limpiarse las heridas y continuar, aún cuando el viento está en contra, como sucede ahora mismo. Gracias por resistir.




Colombia es tan rica!, no solo por sus ecosistemas, sino por su gente, que aún después de ser tan golpeada, se levanta, resiste y se mantiene. La Macarena es un lugar que despierta un montón de sentimientos contradictorios, pero para mi se resumen en admiración, admiración a esta gente y esta selva que siguen ahi y nos maravillan. Hay que visitar la Macarena, ojalá ir más allá de Caño Cristales y en lo posible, ver más allá del paisaje.
Gracias por compartir
Me gustaMe gusta
La Macarena…un lugar donde solo se observa la belleza paisajistica si no que también se observa la realidad vivida de muchas familias unidad por comunidades enamoradas y empoderadas del territorio..
muchas gracias por sus palabras ….de aliento y gracias por no solo observar el paisaje gracias por observar la vivencia interna ..
siempre estarán las puertas y corazones abiertas esperando un pronto regreso…
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias a ustedes por recibirnos y sobre todo por tanta generosidad al compartir sus historias y su hermoso territorio.
Me gustaMe gusta