Marrakech – Asni – Ourika – Oarzazate – Dades – Azrou – Fez – Chaouen – Tetuán – Tánger
Lo importante no es llegar, lo importante es el camino (Fito Páez)
Todo comenzó con 42km que terminaron siendo más de 1000, pues correr la Maratón de Valencia (España) desde el inicio fue solo una excusa para saltar a África, juntar amores de la vida, celebrar mi cumpleaños número 40 y conocer un país en todos sus tonos: del naranja al blanco y del verde menta al café.
Mis 40 llegaron en Marrakech, donde celebré con un banquete de comida callejera y rodeada de familia y amigos de la vida. No necesitó ser una gran fiesta para ser una gran celebración. Durante algunos días vivimos en una colorida casa árabe que alquilamos por poco dinero y recorrimos una ciudad caótica con la que poco conecté. Tal como me dijo un viajero que conocí allí, Marrakech no es Marruecos, y lo que quiso decir es que Marruecos es muchísimo más que Marrakech. Así que lo mejor no fue la ciudad, ni los mercados, ni las especias. Obviamente fue la compañía.















El Marruecos auténtico y espontáneo lo descubriríamos saliendo de esa ciudad para meternos por carreteras y pueblos remotos, cosa que solo podíamos hacer teniendo un carro. Entonces eso hicimos, cogimos un carro y durante dos semanas recorrimos alrededor de 1700km. Andrea, Camila, mi mamá y yo nos aventuramos por este país, porque «lo importante no es llegar, lo importante es el camino», y este camino nos mostró ciudades, montañas, nieve, desierto, playa, fútbol, personas, comidas y hasta micos. Y fue ahí donde sucedieron las mejores historias.



El Hamman
Éramos las primeras en entrar esa mañana, hacía frío pero adentro se sentía cálido. Nos recibieron con una bata y lo que parecía ser una tanga desechable sin derecho ni revés, solo con verla me di cuenta que cabía tres veces en ella, pues era talla única. Una vez en tanga y bata, nos repartieron en dos cuartos donde nos fueron desvistiendo y acostando en mesones de piedra. Todo esto sucedía sin cruzar palabra, o mejor dicho, intentando cruzar palabras que resultaban incomprensibles para todas las partes.
Ya en bola, el ritual del baño inició con baldados de agua caliente, estropajo y jabón. Una mujer me restregaba con tanta fuerza que sudaba en cada movimiento y mientras me bañaba me iba mostrando lo que parecía ser capas de mugre y piel que se desprendían de mi cuerpo. Me sentía como si fuera un muerto al que estuvieran arreglando, pues a pesar de ser un trato muy amable, la acción en sí era automática, ella me lavaba como quien lava una vaca, con la energía y fuerza, al parecer, propias de su oficio. Después de media hora y una limpieza muy profunda, el baño cerró con un masaje y el tradicional té de menta.
El Hammam (conocido como baño turco) fue una experiencia más etnográfica que relajante. Me encantó, no por el baño ni el masaje, mucho menos por la mini tanga que daba lo mismo tenerla o no, pues no cubría nada, sino por poder ser parte de una práctica tradicional que, si bien en este caso está acomodada para turistas, sigue siendo parte de la vida local. Aún existen baños públicos donde van hombres y mujeres (por separado) a limpiar sus cuerpos como parte del quehacer religioso, pues está relacionado con la purificación física y espiritual. No creo que haya limpiado mi espíritu, pero por lo menos mi cuerpo salió limpio y suave.












Mi primera vez
Había leído que manejar en Marruecos no era del todo simple, algunas personas advertían sobre los límites de velocidad, el tráfico en las ciudades y las carreteras ultra montañosas. Aún así decidimos que las condiciones podrían ser similares a las de Colombia, carreteras curvosas y ciudades caóticas. Efectivamente lo eran, por eso estuvimos manejando muy atentas a las señales y a los policías que normalmente estaban a la entrada de cada pueblo. Sin embargo, eso no fue suficiente, pues en una de las tantas veces que nos pararon recibí mi primera multa en la vida. Fui multada por girar sin direccional. El policía, con su perfecto inglés, me hizo saber que había cometido una infracción y debía pagar 15 Euros. Era tan ridícula la multa que hasta él se río al decírmelo, pues obviamente su intención era pedirme plata y no podíamos hacer nada más que divertirnos con la situación. Después de darle mi licencia y pasaporte, tuve que pagar en efectivo y firmar un recibo en árabe, al parecer muy legal, pero nunca lo sabré. Y así, después de más de 2 décadas manejando, recibí mi primera multa en una carretera marroquí. Días después, Camila también fue multada por sobrepasar el límite de velocidad. Al final cada una tuvo su propio souvenir y no tuvimos que partir en dos el preciado recibo en letras árabes.
Lo que no dimensionamos fue el tráfico en las ciudades. Una tarde llegamos a Tánger en medio de un partido de fútbol de la Copa África que se disputaba por esos días en Marruecos. Mala suerte la nuestra que teníamos que tomar una ruta cerca al estadio de fútbol, muchas calles estaban cerradas y el trancón era monumental. Cambiamos de roles, yo pasé al volante para que Camila me guiara. Al principio estaba tranquila, me divertía la situación, sin embargo empezó a ponerse difícil, todos los carros pitaban de manera insistente, se atravesaban, se chocaban. Me sentía absolutamente vulnerable, la posibilidad de ser chocada era alta y lo último que queríamos era estrellar un carro alquilado al otro lado del mundo. Pasaban los minutos y la cosa no pintaba mejor. Entonces Camila decidió guiarme por rutas alternas, pues ya se había hecho de noche y seguíamos sin avanzar. Rodeamos la ciudad por lo que parecían ser barrios periféricos, calles con mucho comercio informal y vida local, lugares por los que, de otra manera, nunca hubiéramos pasado. Un trayecto que inicialmente nos tomaría una hora, nos tomó tres. Conocimos toda la ciudad y llegamos sanas y salvas, pero destruidas, fue quizás el momento más difícil del viaje.












El carrito de café
Parece banal, pero una de las cosas que más me gustaron de este país es que toman mucho café. Los marroquíes son unos coffee lovers, toman tanto café como nosotros a pesar de no producirlo, pero lo que más amé fueron los «carritos de café». Son carros a los que les han adaptado el baúl con máquinas de café, pero no cualquier maquinita, todos tienen cafeteras profesionales y por lo tanto sirven cafés bastante decentes. Ahora, más allá del café, lo encantador de esto era encontrar los carritos estacionados en los mejores spots de la carretera para bajarse y tomar café frente a un lago o una montaña nevada. Todos los días paramos en algún carrito de café, se convirtió en el ritual del camino, incluso en medio de la lluvia nos mantuvimos firmes y paramos por nuestro café.



Vivimos de imaginarios y prejuicios, y viajar, entre otras cosas, se trata de romper con esas ideas reduccionistas que tenemos sobre otros lugares y formas de vivir. Cuando uno piensa en Marruecos seguramente piensa en desierto, pobreza, caos, inseguridad etc. En el peor de los casos no tiene referentes. Y no está mal tener algunas ideas reduccionistas, se viaja también para aprender, abrir la mente y dejarse sorpender. Y Marruecos definitivamente me soprendió de muchas formas. Es un país muy seguro, nos habían advertido de lo difícil que podría ser viajar 4 mujeres en un país musulmán, pero nunca nos sentimos acosadas, todo lo contrario, las personas fueron demasiado amables y generosas. También me soprendió la diversidad de paisajes, haberlo recorrido en carro varios días nos permitió ver las diferencias en cada región, fuimos del sur hasta el estrecho de Gibraltar, pasamos de las montañas al desierto, del desierto a la nieve y de la nieve al mar. Vimos el Marruecos más tradicional y local, el más turístico, el más occidental y hasta nos volvimos hinchas de su equipo de fútbol. El factor común de todos estos lugares fue la gente. Dicen que la amabilidad colombiana debería ser patrimonio, pues la marroquí también.


















El mejor regalo!
Y bueno, mi mejor regalo de cumpleaños, por supuesto, fue ver los micos en el bosque de robles. Ese día nos metimos por una carretera secundaria, pero estaba cerrada y de repente quedamos atrapadas porque los carros se querían devolver. Estábamos rodeados de nieve y micos silvestres que se trepaban a los carros para jugar con las antenas, éramos las únicas extranjeras y para completar, nuestro carro era el primero en la fila, es decir, de mi dependía desbloquear la vía. Entonces uno de los conductores se bajó, seguramente a explicarme que la vía estaba cerrada y debíamos regresar. Sin piedad alguna me hablaba en árabe a pesar de mis intentos por decirle que no le estaba entendiendo nada. Por fin llegó un hombre que hablaba inglés, pero para ese momento yo ya no sabía si atender las indicaciones que me daban en mil idiomas, concentrarme en mover el carro sin quedar atrapada en la nieve o simplemente quedarme viendo los micos. No fue una decisión fácil, todos esperaban que moviera ese carro para poder salir del trancón, yo hubiera querido quedarme allí viviendo con los micos.
¿Qué queda? Una deuda con África. Y no es que no me hubiera percatado antes de lo poco que sé sobre este continente, solo que ahora es más evidente. Aquí queda la playlist del viaje, porque además de comida y lugares, descubrimos música https://bit.ly/4stCkpn
A Les Paelles, «gracias por venir a África a celebrar mi cumpleaños» y por compartirme sus fotos para este post, principalmente a @moralejas la fotógrafa oficial de esta aventura.
#EsoSabeAComino #UnPolicía #ElCarritoDeCafé #CopaAfrica #Tajin #TéDeMenta #RoadTrippin #Merci #Saha #ILoveCaquis #LluviaConNieve #AfricanRythms #FriendsTime #LesPaelles #GraciasPorVenirAAfricaAMiCumpleaños #Cuarentona #AmoLosMicos

que encanto de viaje, tus 40 y tu familia, un abrazo
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que aventura tan chevere! , al leerlo nos dieron ganas de ir a marruecos!
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que aventura tan chevere! , al leerlo nos dieron ganas de ir a marruecos!
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«Se viaja también para aprender, abrir la mente y dejarse sorpender». Qué precioso!
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!Qué bueno que llegaras a los 40 purificada y bien limpiecita, lista para lo que se viene!
Espero con ansías las historias de las próximas celebraciones de cumpleaños, espero estar en algunas.
Te quiero mi cuarentona calasha favorita!
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Que aventura Maria! me angustié con la multa de 15€ y la nieve. Ojalá coincidamos en alguna ruta. Abrazos!!
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Sin duda la gente y los colores marcaron el viaje, y en esta ocasión la obsesión de María fue el carrito del café, como por variar sucumbimos al deseo y perseguimos cuanto carrito había en carretera. Para mi este viaje fue un llamado más fuerte a perderse en el país, a dejar el «sight» turístico a pensar más que hay detrás del viaje en camello y el luxury camp en el desierto, todo se disfrutó, pero me quedo cada vez más con los pueblitos menos visitados, la comida en la calle, salirse del plan y como siempre, correr cuando hay pocos despiertos en la ciudad. Gracias por compartir y documentar la aventura, iremos a por más!
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