Om Namah Shivaya

Paradise Island – Las Bahamas

Han pasado 11 de 12 semanas desde que llegué aquí y aún me pregunto ¿A qué vine? Siempre supe que sería una experiencia muy retadora, y sé que es un cliché, pero desde el principio quise ver mi vida aquí como una maratón, pues correr 42km o vivir 90 días en un Ashram implica fluir con emociones y tener una mente fuerte para afrontarlas. Solo hay dos alternativas: rendirse o cruzar la meta.

Hace más de una década que hago yoga y después de muchos años me animé a aceptar y entender que bajo el tapete de yoga hay toda una filosofía por explorar donde he ido encontrando muchas ideas que resuenan en mi vida de hoy. Por eso pensé que la forma más genuina de explorar esto era irme a vivir con una comunidad yogui. Venía de un año de mucho movimiento y profunda frustración que fueron también motivo para lanzarme a esto. Fue una decisión de pocos días, una vez se me ocurrió, en menos de 3 semanas ya estaba aquí. Y aquí estoy, escribiendo esto frente al mar, en el lugar que ha sido mi casa en una pequeña isla en Las Bahamas y que se siente como otro mundo.

Tengo claro que esta historia necesita un poco de contexto. Un Ahsram es una comunidad de aspirantes espirituales y practicantes de yoga que, liderada por Swamis (monjes y maestros) siguen las enseñanzas religiosas y filosóficas del Hinduismo guiados por el linaje de sus Gurús. Sin duda es una definición que no le hace justicia al lugar, pero que espero ayude a entender esta historia.

Altar principal

Vine a vivir a un Ahram junto a personas que han tomado un camino espiritual, pero también junto a voluntarios (como yo) y visitantes. Lo que nos une a todos es el yoga. El Ashram vive a través de muchos rituales y normas estrictas, donde la devoción juega un rol fundamental. Y es que si alguien me hubiera dicho que este lugar era así de religioso, estoy segura que no hubiera venido, y menos mal no me lo dijeron, porque no me arrepiento de haber tomado esta extraña decisión. Me gustan muchas de las cosas que veo y hago aquí, a veces conecto con lo que sucede a mi alrededor, otras veces me repele y quiero salir corriendo. Y aunque he tenido que aceptar las reglas, me hagan o no sentido, también he encontrado aquí mi versión más rebelde.

Ritual

Aquí los días transcurren con horarios y tareas estrictas. Suena una campana a las 5:30am para alistarnos e ir a meditar durante treinta minutos. A eso le siguen quince minutos cantando mantras y cuarenta minutos más de enseñanzas espirituales. Esto sucede todos los días en la mañana y en la noche. Durante el día hay clases de yoga y siempre se hace la misma serie de asanas. El resto del día trabajamos como voluntarios, yo trabajo en la tienda preparando smoothies y banana bread.

Clase de yoga

Las comidas son solo dos veces al día. A las 10am y a las 6pm, no sin antes cantar un mantra, comemos platos prácticamente veganos, pues está prohibida la proteína animal, los huevos y el café, entre otras cosas. A las 10pm, después de meditar, cantar y ver alguna conferencia o concierto nos vamos a dormir. Y así transcurren todos los días aquí, donde la vida es un loop, pues muy pocas cosas cambian en el día a día e incluso es difícil saber qué día es, se trabaja de domingo a domingo y se habla poco o nada de lo que sucede afuera.

Meditación al amanecer

Aquí estuve mi cumpleaños, navidad y año nuevo. Han sido días felices junto a personas de muchos muchos lugares del mundo que intentamos hacer vida en comunidad. Y este experimento de hacer comunidad tiene valor y requiere de mucho esfuerzo, pues al final y a pesar de toda la disciplina en torno al trabajo físico, mental y espiritual que hacemos aquí, tanto en el Ashram como en la vida real, seguimos siendo humanos con ego e incoherencias . Por eso creo que este lugar, si bien es único en muchos sentidos, no deja de ser una muestra de la sociedad con los matices de otras tradiciones religiosas.

Sin embargo, reconozco el valor de muchas de las cosas que suceden y se promueven aquí adentro como la disciplina, las reflexiones profundas, la inclusión y las prácticas de cooperación, cuidado mutuo y austeridad que poco vemos afuera.

Karma Yoguis (voluntarios)

Dijeron que no iba a ser fácil, pero ha sido más fácil de lo que esperaba. Los días han sido una montaña rusa de emociones, las primeras 5 semanas fueron de mucha felicidad, pero después vino una etapa en la que ya nada me sorprendía, empecé a ver los conflictos de vivir en comunidad y a incomodarme. Cuando pensé que nada me sorprendía, fue mi cuerpo el que me sorprendió. Después de tantos días haciendo yoga era obvio que iba a ganar fuerza, flexibilidad y concentración. Y fue eso lo que me siguió moviendo durante las próximas semanas.

Y bueno, estas últimas semanas llegó de nuevo el momento en que me hace más ilusión regresar a casa que estar aquí. Entonces entendí que, al igual que en la maratón, vale más disfrutar los últimos kilómetros que hacer el mejor tiempo. Por eso decidí ser más flexible estos últimos días y escapar para ver el amanecer, ir a dormir más temprano, no ir a clase y hacer yoga en mi lugar favorito, tomar café, ser parte de una fuga colectiva para probar comida local, coquetear, sumarme a rituales locos en la playa y sacar el tiempo para escribir esto.

Aun no estoy tan segura de todo lo que aprendí o desaprendí aquí. Vine con la intención de profundizar, pero en este momento solo quiero salir a la superficie. Por ahora, diré que experimenté la vida simple y austera, mi casa ha sido una pequeña carpa donde tengo lo justo y nunca he sentido que necesito algo más. Amo ese pequeño espacio que apropié desde el día uno firme a mi propósito de tener una vida simple aquí y ojalá afuera. Reconfirmé que en mi vida no hay espacio para la religión y la devoción. Entendí que aquí me trajo el espíritu aventurero y no el camino espiritual. Amé más que nunca mi rebeldía y la importancia de cuestionar y romper las reglas.

Mi casa

Venir aquí es una decisión que abrazo, pues a pesar de preguntarme mucho ¿Qué hago aquí?, la misma cantidad de veces agradezco el privilegio de vivir en un lugar donde es posible ver el amanecer todos los días, dormir con el sonido de las olas, tener una vida austera, hacer yoga y desayunar en soledad frente al mar, vivir en comunidad y conocer personas inspiradoras. Hoy todo parece lindo, y lo ha sido, pero debo decir que fue una experiencia tan particular como extrema. Durante 90 días consecutivos medité, canté mantras, hice yoga, escribí, trabajé, comí vegetariano, seguí un horario muy estricto y tuve un diálogo interno como nunca antes en mi vida.

No tengo duda de que este lugar es único en el mundo y ridículamente contrastante con su entorno. Puedo decir que crucé la meta feliz, pero no me repetiría esta carrera. FIN

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