Páramo de Santurbán
«Viajar no siempre es bonito. No siempre es cómodo. A veces duele, incluso te rompe el corazón, pero no pasa nada. El viaje te cambia, debería cambiarte» (Anthony Bourdain).
Voy a empezar confesando que al inicio pensé que no lo iba a lograr. Y no es que sea pesimista, no suelo pensar así antes de enfrentarme a un reto, todo lo contrario, me lavo el cerebro para continuar cuando mi cuerpo siente que no va a poder, pero esta vez la maleta pesaba tanto, que lo vi imposible.
Mi hermana, con quien generalmente viajo, quería celebrar su cumpleaños en el Páramo de Santurbán (Santander – Colombia). Y como siempre nos copiamos este tipo de ideas, esta vez no fue la excepción. Armamos parche con el que se ha ido conviertiendo en el grupo de aventuras en la montaña: Andrea, Camila, Lina y yo. Serían 3 días en el páramo, en medio de la nada, pero con todo lo necesario. Simple y suficiente.
La ruta de ida podíamos hacerla en 1 o 2 etapas. Acampar en la primera laguna, a 2 horas del punto de inicio o llegar hasta la segunda laguna, a 7 horas del punto de inicio. No había grises, era blanco o negro.



Los primeros kilómetros estaban costando, o por lo menos a mi, pues mi cuerpo aún no se acostumbraba al peso. Aun así, llegamos a la primera laguna y hasta ahora eran las 9 de la mañana, teníamos tiempo suficiente para continuar caminando y eso hicimos. Cinco horas más trepando montañas, porque no era solo caminar, en algunos tramos era necesario agarrarnos de las rocas para poder subir.



Nos tomó 7 horas caminar 7km, pero valió cada minuto. Llegamos a acampar a 4200mts de altura frente a una laguna divina. La mejor recompensa al esfuerzo de haber llegado hasta allá, a pesar del peso y lo retador que fue el camino.









Fue una travesía de autoabastecimiento, lo que quiere decir que nosotras mismas teníamos que llevar todo. Entonces cargamos comida, carpas, sleeping, aislante, menaje, ropa etc., cada maleta pesaba en promedio 15kg. Y no, no había ni mulas, ni cargueros, ni siquiera fincas o personas alrededor. Obvio íbamos acompañadas de Reynel, el guía, quién no sé por qué, sin conocernos, confió mucho en nosotras, en nuestra capacidad de hacer esa ruta. Y bueno, afortunadamente no se equivocó.
Fueron tres días y dos noches en este increíble lugar. No había nadie alrededor, solo naturaleza. Completamente desconectadas, lo único que podíamos hacer era estar. En las tardes lluviosas nos metíamos a las carpas y nos entreteníamos con juegos tan clásicos como Stop o una canción con la palabra… Jugábamos entre carpas y a través de los tres radios de comunicación. Gran experiencia analógica.
Andrea hizo realidad el deseo de amanecer en su cumpleaños en la cima de la montaña y me atrevo a decir que fue mucho mejor de lo que esperaba. Uno no alcanza a dimensionar la belleza del lugar.
Por mi parte, volví a casa con mi primera fractura, pues de regreso me resbalé en una piedra, caí y mi muñeca se fracturó. En el momento no imaginé que fuera fractura, no dolió tanto e igual seguí caminando 4 horas más con la muñeca vendada y un medicamento para el dolor. Así que aquí estoy, con el brazo enyesado y escribiendo a una mano.
Todo esto me hace pensar que hay placeres incómodos. ¿Será eso contradictorio? A veces es necesario salir de la zona de confort e incomodarse mucho para alcanzar aquello que nos hace felices o nos da placer. Ese es el caso de la naturaleza y la montaña. Sin duda fue un viaje muy retador. Regresamos empapadas, llenas de barro, con la ropa rota, cansadas, con mucha hambre y muy felices. En tres días de viaje me reí hasta las lágrimas como hace tiempo no lo hacía y disfruté estando, simplemente estando en un lugar que parece irreal.









El viaje termina, pero allí queda el páramo y no quiero cerrar sin dejar de recordar que Colombia es uno de los 6 países donde existen páramos y tiene además el páramo más grande del mundo (Páramo de Sumapaz). Y no es un dato random, pues los páramos son ecosistemas de gran importancia ecológica, se dice que son «fábricas de agua» y a su vez son altamente frágiles. A pesar de eso, lamentablemente están expuestos a presiones como ganadería, agricultura y minería. Santurbán no es la excepción. Durante años se ha extraído oro de sus montañas, hay minería tradicional y a gran escala. Aunque en Colombia los páramos están legalmente protegidos desde hace más de una década, la minería continúa y el daño ambiental aumenta.
Por ahora una pausa obligada, pero ojalá vengan más aventuras salvajes, más oportunidades de aprender a disfrutar lo simple, incómodo y extra-ordinario.



Gran cumpleaños!, me alegra saber que aún podemos hacerlo, con las rodillas desgastadas y quizás sintiendo más el peso, pero con la misma capacidad de admiración y sorpresa por la belleza de la montaña. Cómo se los dije allá mientras sostenía el ponqué ramo, gracias por que sin ustedes compañeras de aventura, no podría celebrar la vida en tremendo escenario.
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