Ciudad Perdida

Fue una reacción inesperada, apenas empecé a entrar a Santa Marta llegaron a mi un montón de recuerdos de las vacaciones de mi niñez y otros recientes de mi primera media maratón de montaña y esos últimos kilómetros de asfalto hirviendo. En ese momento me llené de felicidad, nostalgia, algo de tristeza y quizás mucho de eso que llaman Saudade.

Esta vez llegaba a Santa Marta, ese lugar que visité tantas veces en mi vida, para ir, una vez más, tras los pasos de Alberto y celebrar un año más de mi vida acompañada de la buena amistad y la aventura. A inicio de año, en una conversación en medio de las montañas, nació el plan de subir juntas a Ciudad Perdida y, ocho meses después allí estábamos Lina y yo, metidas de nuevo en la montaña. Serían cuatro días caminando, realmente iba con pocas expectativas y lo que más ilusión me hacía era la caminata en si misma, y para eso iba con toda!

Caímos en un grupo muy pequeño, éramos tan solo tres, nosotras dos, Stiven (nuestro joven y experto compañero) y Ender, quien sería nuestro guía, los cuatro hicimos un perfecto match grupal. Ser un grupo tan pequeño fue un gran golpe de suerte, pues normalmente los grupos son de varias personas, lo que implica tener que adaptarse a los ritmos de todos, esperar a los más lentos y perder algunas ventajas como llegar temprano a los campamentos, escoger las mejores camas y aprovechar los baños limpios, lo que no es detalle menor.

Según la ruta, debíamos llegar el tercer día a Ciudad Perdida, pero el primer día Carlos (un chico encantador que hacía de traductor para un grupo de holandeses) nos reveló un dato inesperado, era posible llegar a Ciudad Perdida al final del segundo día y dormir allí, si, dormir dentro del parque arqueológico. Entonces nos sugirió preguntarle discretamente a Ender sobre esta posibilidad, pues no era una opción abierta a todos los visitantes. Esa misma noche hablamos con Ender y, para sorpresa nuestra, nos dijo que justamente estaba pensando en proponernos eso, ya que cumplíamos con los «requisitos», ser un grupo pequeño y caminar rápido, pues allí no hay lugar para muchas personas y además toca caminar tres kilómetros más en ascenso para lograr llegar al atardecer del segundo día.

Con esta nueva noticia, mi regalo de cumpleaños sería, nada más y nada menos, que amanecer en Ciudad Perdida, mejor imposible. Con eso en mente, caminamos el segundo día unos 19 kilómetros, efectivamente los últimos tres fueron no solo ascenso, sino también 1200 escalones de piedra que tuvimos que caminar con cuidado y atención plena, tanto así que no nos dimos cuenta que ya habíamos llegado hasta que Stiven dijo: miren hacia arriba! y allí asomaban ya las primeras terrazas de piedra. Efectivamente habíamos llegado, solo que no había entrada, ni taquilla, ni mucho menos un puesto con souvenirs, no había más que un par de ardillas saltando de árbol en árbol. Entonces llegar allí se sintió como estar descubriendo un lugar, luce tan prehistórico que da la sensación de que en cualquier momento saldrá un dinosaurio del monte. Teníamos el lugar solo para nosotros, por los próximos 10 minutos, pues pronto llegaría el grupo de holandeses, al que su guía llamaba Los empanadas, y que además eran unas máquinas para caminar, ambos grupos nos quedaríamos esa noche allí.

Anhelábamos el amanecer, por lo que habíamos acordado con Lina levantarnos a las 5am e ir a las terrazas, y así fue, poco antes de la hora acordada nos levantaron las ganas de ir al baño, entonces salimos en medio de la oscuridad y antes de lograr dar tres pasos, Lina gritó: apaga, apaga la linterna, mira el cielo! Estaba completamente estrellado, pues no había más luz que la de las estrellas. Y así, bajo ese increíble cielo nos sentamos en lo alto a esperar que, frente a nuestros ojos, fuera apareciendo poco a poco este increíble lugar.

Y fue así como empecé este nuevo año, recibiendo la energía de un lugar sagrado para las comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta , por supuesto fue un inesperado privilegio amanecer allí y poder recorrer el parque arqueológico en soledad y sin las decenas de turistas queriendo tomarse selfies en cada lugar.

Y si, por supuesto que pensé en Alberto, en cómo habrán sido sus días allí, no tengo muchos recuerdos de sus historias sobre este viaje y no existe ni una foto, pero puedo imaginarlo en esos caminos, seguro la sufrió un poquito pero su espíritu aventurero, como siempre, pudo más que el cansancio y la incomodidad. Para nosotras fue increíble, disfrutamos cada momento, aunque es una ruta dura, la humedad es altísima y hay un montón de zancudos, logramos hacerla con esfuerzo y sin sufrimiento ni dolor.

Este año la vida me devolvió a Lina, somos amigas desde los 10 años y después de mucho tiempo regresó para aventurarnos, acompañarnos y seguir aprendiendo juntas.


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