Los Caminos del Río Guatiquía

Eran las 5am y nos arropaba el delicioso frío del amanecer bogotano. En la calle 72 , mientras tomábamos un tinto con panela, nos íbamos encontrando uno a uno hasta conformar el grupo de 12 personas que nos aventuraríamos a caminar durante los próximos 5 días por el Cañon del Río Guatiquía.

Empezaríamos caminando por el páramo de Chingaza, sin duda un privilegio, pues somos uno de los poquísimos países en el mundo que tienen ecosistema de páramo. De ahí pasaríamos al bosque de niebla y al bosque húmedo tropical hasta bajar a la ciudad de Villavicencio. Creo que ninguno dimensionada lo que iba a ser esta caminata, a pesar de todo lo que nos había contado Rafa, uno de nuestros guías, no alcanzábamos a imaginar lo que nos encontraríamos allí.

Durante dos horas el bus se adentró en el Parque Nacional Natural Chingaza, nos recibía una niebla que no dejaba ver más allá de 10mts, sin embargo yo iba pegada a la ventana anhelando desde lo profundo de mi corazón ver al Oso de Antojos, pues nos habían dicho que era muy probable verlo desde el bus, incluso más probable que caminando. Así que no dejé de mirar nunca por la empañada ventana, pero la triste verdad era que esa niebla no me dejaría verlo.

Todos para abajo, anunciaron en un momento, pues habíamos llegado por fin al punto de partida, era hora de empezar a caminar. Tremenda logística la de los siguientes 15 minutos. Vestir lo impermeable, tener a la mano las cosas de frío, el agua y algo de comida, acomodar y cubrir el back pack, en fin, encontrar el punto de seguridad y confort para iniciar la caminata. Los otros guías, a quienes recién conocíamos, nos advirtieron que el camino empezaría con lo que ellos llamaban una Subida Nairo (en honor al ciclista colombiano Nairo Quintana), ya con eso podíamos imaginar la dificultad del inicio, sin embargo ninguno de nosotros vaciló, pues la emoción estaba por encima del miedo en ese momento.

Empezamos concentrados en nuestros pasos para no resbalar, pasaban las horas y no veíamos al oso, pregunté al guía si era posible verlo aún y su respuesta afirmativa me devolvió la esperanza. En un momento levanté la mirada y vi a dos de mis compañeros mirando un punto fijo en la montaña mientras me hacían señas silenciosas para que me uniera a ellos rápidamente. Me moví en silencio lo más rápido que pude y mi corazón se empezó a acelerar, ahí está, pensé, lo voy a ver. Y si, miré hacia lo alto de la montaña y vi unas orejas negras que se asomaban tímidamente, un par de segundos después apareció otra cabecita, no me la creo, pensé en ese momento, era una mamá osa y su bebé que empezaban a caminar hacia el filo de la montaña y parecían observarnos con curiosidad. Era real, la Montaña nos daba la bienvenida mostrándonos uno de sus más preciados tesoros, y este era solo el primero de muchos regalos.

Caminamos ese primer día unas 8 horas en la profundidad del páramo rodeados de frailejones y lagunas, y al anochecer llegamos a un sencillo refugio de madera que nos acogió para pasar la primera noche. Allí estaba Don Silvio, un llanero de ruana que nos esperaba con agua de panela caliente y una sopa de pollo increíblemente reconfortante. Listos para dormir nos acomodamos en nuestros sleepings uno junto al otro, tan cerca como el frío de la noche lo requería.

Con el transcurso de los días pasábamos de un ecosistema a otro, nos íbamos adaptando a las condiciones del clima y enfrentando algunos de nuestros pequeños temores, pues cada día parecía ser más extremo, ya no era solo el barro y la posibilidad de resbalarse, cruzar por medio de ríos crecidos o caminar por el borde de un precipicio, terminó siendo de lo más común los últimos días. Aun así, siempre nos sentimos seguros, nunca faltó alguien dispuesto a dar la mano, cargar una maleta o compartir algún enérgico bocado.

Cada día llegábamos a un lugar distinto, principalmente veredas donde generosas familias campesinas nos recibían en sus casas rurales para compartir un poco de su territorio, un territorio por mucho tiempo olvidado y estigmatizado tras los difíciles años de guerra. De ahí que este proyecto turístico, liderado por @llanerosderuana, tenga tanto valor, pues nace de una comunidad que no solo ha logrado construir memoria tras décadas de violencia, sino que su profundo conocimiento y amor por el territorio los han llevado a crear esta iniciativa responsable e  incluyente, que nos permite a nosotros adentrarnos en el país de encanto que somos y llegar a remotos lugares, que de otra manera no sería posible conocer.

El trekking terminó,y por lo menos yo, quedé profundamente inspirada por las personas que caminaron junto a mi, tanto guías como compañeros, pero sobre todo por las personas mayores que caminaron cada kilómetro y sin remilgo alguno hicieron todo lo que fue necesario para terminar esta aventura. Me pregunto ¿Qué hay que hacer para llegar a esa edad y tener tremenda valentía y actitud? Por favor! Quiero ser así cuando sea grande.

Mi cuerpo hoy alberga una colección de morados, pequeñas «heridas de guerra» que me recuerdan el privilegio de haber estado allí y lo mucho que valió la pena conocer nuevas personas y lugares, así como aventurarse con grandes amigas.

*Todas las fotos que usé para este post las tomé prestadas de mis compañeros de viaje.


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