Atenas – Milos – Meteora
Un griego me dijo hace poco que Meteora era un milagro de la naturaleza, y la verdad es que lo es, es una Grecia que nunca vemos en postales, no tiene nada que ver con la típica imagen de Santorini y los demás pueblos blancos de las Islas Griegas (que también son lindísimos), este es un lugar incomprensible.
Dice la historia que los monjes cristianos ortodoxos, hace siglos, buscando esconderse de los invasores turcos, encontraron este recóndito lugar dónde empezaron a construir sus monasterios en los picos de las montañas más altas y rocosas, y allí se quedaron. Ahora es una ruta de varios monasterios antiguos donde aún viven comunidades de monjes bajo la tradición cristiana ortodoxa.

Llegar hasta allá nos tomó casi un día entero en carro y atravesamos literalmente medio país. Por error tomamos la ruta larga y terminamos entrando a un montón de pueblos fantasmas donde cosechamos (por no decir robamos) uvas, ciruelas y peras silvestres de los jardines de algunas casas.

Después de manejar horas y horas llegamos a Kalambaka, un pueblo muy del Este de Europa, con tabernas locales llenas de viejitos frente a pantallas de fútbol, fumando, bebiendo cerveza o vino y comiendo una variedad de Mezes, pequeños platos de comida para compartir que van desde ensalada griega hasta calamares rebosados. El plan no podía ser mejor, son estos los cuchitriles que amo encontrar por donde voy, pues ahí me siento «como en casa».

Meteora es una experiencia espiritual si así se quiere, montañas gigantes de piedra nos abrazaron durante los días que estuvimos allí, es de esos lugares donde no hay forma de ahorrar suspiros, pues es un amor meteórico.
Y de Grecia…qué puedo decir, diez días fueron suficientes para dejarnos sorprender y lograr salir un poco de la atiborrada ruta turística, aunque la Acrópolis y las otras ruinas son impresionantes, no son lo mejor que tiene este país.

Los griegos son unos buena vida, no les gusta mucho seguir normas, más bien hacen lo que les da la gana, estacionan en las calles de cualquier forma, no usan casco ni cinturón de seguridad, y lo impensable, fuman en espacios cerrados, aún así las cosas parecen funcionar.






Lo mejor es que comen delicioso y parte de la vida social gira en torno a la comida, cada restaurante local fue una experiencia distinta, entre más local más interesante. Un día terminamos en un restaurante al interior de un sótano en la esquina de un viejo y grafitiado edificio, un lugar invisible para un transeunte distraído, pues no tiene ni letrero. Estoy segura que es un lugar donde hubiera querido estar Antony Bourdain, tan pequeño que no tiene más de 5 mesas, es atendido por un viejito gruñón y un joven con quién es posible cruzar algunas palabras en inglés. Allí no hay un menú, pues no existe la posibilidad de escoger la comida, una vez uno se sienta ellos van poniendo vino de la casa, pan y tres platos de comida para compartir. Definitivamente es un lugar para comensales curiosos y atrevidos, la misteriosa experiencia culinaria estuvo tremenda.
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La verdad es que Grecia dan ganas de sentarse eternamente a beber y comer en una de tantas tabernas locales donde se mueven platos de un lado a otro como en una danza que alimenta el placer y el alma.
Me dieron ganas de ir a la taberna del viejito gruñón.
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Tengo que acreditarme ese descubrimiento, la maña o el ojo para ir buscando lugares aparentemente cutres, pero muy auténticos!
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