Faltando una semana para terminar el viaje decidí ir a Sarajevo, capital de Bosnia y Herzegovina, la decisión fue más por temas logísticos, me convenía irme entre capitales para poder llegar a Estambul el día de mi cumpleaños. Así que, sin pensarlo mucho hice un par de averiguaciones sobre el país, pues el nombre Sarajevo solo me hacía pensar en guerra. Entonces encontré que la guerra había terminado allí hace 2 décadas y que era un lugar seguro para viajar. Compré tiquetes de bus desde Zagreb, me tomaría 8 horas de viaje, cruzar la frontera entre Croacia y Bosnia, y llegar a las 9pm a la capital.
Crucé la frontera sin mayor problema, pues otras veces me hacen preguntas varias, esta vez se limitaron a sellarme el pasaporte y ya. Una vez del lado de Bosnia el paisaje cambió de repente, había pasado a tercer mundo, o por lo menos así lucía, construcciones de ladrillo a la vista y carreteras montañosas me hacían sentir en Colombia. Por primera vez en todo el viaje, y sin motivo alguno, me sentí vulnerable y mi cabeza empezó a plantear escenarios aterradores, siendo objetiva sabía que estaba en un lugar seguro, pero la percepción de estar en un lugar que lucía distinto a todos los demás me hizo sentir insegura.

Por supuesto todo estaba y se quedó en mi cabeza, pues desde el primer momento Sarajevo me sorprendió gratamente, no sólo es una ciudad bonita, es un lugar con una historia reciente que está muy presente en las calles y que la hace interesante.

Lo que actualmente es Bosnia y Herzegovina hace un par de décadas era, junto a Croacia, Eslovenia, Montenegro, Macedonia del norte y Serbia, la República de Yugoslavia, y de 1992 a 1995 tuvieron una guerra atroz que dejó millones de civiles muertos y cicatrices que se ven en la ciudad.
Caminar Sarajevo es encontrar en un mismo espacio mezquitas, iglesias católicas y cristianas ortodoxas, es escuchar la campana de la iglesia y la oración de la mezquita (por el parlante) exactamente al mismo tiempo. Es también encontrar cementerios en cada esquina con las tumbas de todas las personas que murieron durante la guerra, es ver las paredes impactadas por balas y la memoria que vive en la ciudad.


Pero tristemente la historia de la guerra plasmada a detalle en los museos poco me sorprendió, es una historia tan familiar para quienes vivimos en un país en guerra que allí no había novedad alguna. Lo interesante fue el proceso de memoria que el país ha logrado construir, la memoria viva de la guerra en las calles de la ciudad les recuerda que ésta terminó y nuevamente son un país donde conviven, aparentemente sin conflicto, una diversidad de personas y cultos religiosos.

Sin quererlo tomé una buena decisión parando en esta ciudad que tiene un poco de sus países vecinos y todo el encanto de la Europa del este, una Europa menos prolija, más espontánea, igual de segura y obvio más barata.
