Solo unas cortas líneas para halagar, una vez más, a Estambul.
Huele a pescado fresco, castañas asadas, Simits calientes, carne de kebab y una mezcla de especias indescifrable, es el olor de Estambul, una ciudad tan caótica como auténtica.
Dicen algunos por aquí que no es más que una ciudad grande como muchas otras, pero yo me siento inmediatamente ofendida, pues me cuesta creer tanta incapacidad para ver y sentir el alma de este lugar. «Parece que en Estambul se hubiera inventado el mundo», dicen otros, más sensibles e inteligentes, y eso si que resuena con lo que veo. Estambul es Asia y Europa, es una ciudad moderna y llena de historia a la vez, pues por ahí han pasado imperios, civilizaciones y guerras, allí se unen oriente y occidente, sin duda es fascinante desde muchos puntos de vista.

El bullicio de la ciudad, las personas pescando desde el Puente Galata, el llamado a la oración por los parlantes, el alboroto callejero, la majestuosidad de las mezquitas, la comida en la calle, los bazares y la guapura de los hombres hacen de Estambul la ciudad más encantadora que conozco. De lejos mi ciudad favorita, me sorprende una y otra vez.

Escogí Estambul para pasar mi último cumpleaños, desde Bulgaria crucé la frontera terrestre a la madrugada y en la mañana un tradicional desayuno Turco me recibió como decretando el inicio de lo que será un gran año para mí.

A pesar de haber visitado Estambul antes, toda las veces me sorprende, la puedo caminar una y otra vez y encontrar nuevos lugares. Ir de fiesta a Asia y regresar a dormir a Europa, sin duda, tiene su encanto. En la caótica Estambul es posible mezclarse con locales y almorzar por US2 en un típico buffet turco, donde la variedad es tal, que escoger un par de platos está lejos de ser una tarea fácil.

Cada vez que dejo esta ciudad me da un poco de nostalgia y siempre quiero más de ella. Estoy segura que este amor a primera vista va para largo. See you later Estambul.