Son las 10pm en Burgos (España), estoy en el Albergue Municipal de Peregrinos, un sonido se repite una y otra vez, lo escucho sin saber que es el mismo que acompañará mis noches las próximas semanas, pues es el sonido de las cremalleras de los sleeping bags de los 30 o más peregrinos con quienes duermo esta y todas las demás noches de El Camino. Aquí empieza la historia.

Durante años escuché a mi papá diciendo que haría El Camino de Santiago de Compostela, era uno de sus sueños, pero el tiempo se le fue y no lo hizo. Por eso, justo antes de su muerte, cuando ya no podía hablarme pero seguro si escucharme, le prometí que haríamos El Camino juntos, fue así como me embarqué en esta pequeña aventura.
Empecé a caminar como peregrina hacia Santiago de Compostela durante semanas, con un equipaje básico y ligero sobre mi espalda y un millón de pensamientos y emociones que acompañaban cada paso.

Duré meses planeando el viaje, sin embargo en el momento de iniciar estaba asustada, ansiosa, nostálgica y emocionada, no tenía idea de lo que me esperaba y tampoco sabía si sería capaz de hacerlo, todo parecía un poco incierto. Cuando empecé a caminar el miedo se empezó a disipar y la felicidad aumentaba con cada paso que daba, las endorfinas se multiplicaban a la velocidad de la luz y básicamente cada día me sentía caminando entre nubes, dejando que El Camino me hablara y me sorprendiera con cosas muy simples.

Eran muchas horas caminando cada día y por lo tanto mucho tiempo para pensar, a veces me despertaba a medianoche con ideas y pensaba tantas cosas en el día que decidí empezar a grabar audios mientras caminaba, pues El Camino es una lección tras otra, es negociar con el ego, es aceptación, es gratitud, es tener siempre las emociones a flor de piel, es estar muerto de risa y llorar de un momento a otro, es como vivir «chorrendo» (llorar y reír a la vez).
Los días transcurrían en medio de rutinas, parecían iniciar y terminar igual, pero en realidad eran siempre distintos, era como estar en medio de un juego donde cada día despertaba y empezaba a caminar siguiendo las flechas amarillas que indicaban la ruta, siempre atenta a no perderme y aun así más de una vez varios nos perdimos.
Creo que parte del encanto de El Camino es que está lleno de cosas simbólicas que lo hacen particular, por ejemplo: «Buen Camino» es el saludo entre peregrinos y se dice cada vez que nos encontramos. Otra práctica linda es que parte de la peregrinación consiste en obtener sellos a medida que se avanzan las etapas, pues al final todos los sellos estampados son la evidencia para ganar La Compostela al llegar a la Catedral de Santiago.

Vine sola pero desde el primer momento tuve compañía, muchos caminamos solos y nos vamos encontrando y desencontrando mientras acumulamos kilómetros en nuestros pies, siempre acompañándonos y respetando a la vez los necesarios espacios de soledad. Caminé junto a muchas personas, con algunas hice vínculos estrechos, cada día caminábamos horas y horas juntos, dormíamos, comíamos, celebrábamos, llorábamos, reíamos, al final era como ser parte de una familia nómada, éramos la Shiny Happy People (como la canción) y me gusta pensar que cada paso, cada historia y cada persona se cruzó en este peregrinaje para mostrarme algo que necesitaba ver y aprender.

Si tuviera que definirlo en una palabra sería generosidad, sin duda expresa el espíritu de El Camino y la camaradería entre peregrinos. Cada día estaba lleno de acciones y pensamientos generosos, todos compartíamos un poco de lo que teníamos: comida, medicamentos, ropa o una sonrisa y un abrazo a un desconocido si era necesario. Y es tal vez eso lo que nos movía para poder caminar 25, 30 o más kilómetros diarios, reconocer que en El Camino todos somos iguales, que no importa de dónde venimos ni cómo es nuestra vida, pues todos estábamos allí en las mismas condiciones.
El Camino terminó y se resume en: una ampolla, media lesión, uñas completas, todas las medias rotas, cero kilos perdidos y tal vez algunos ganados, una plaga adquirida, toda la ropa encogida (en la secadora), muchos kilómetros recorridos e infinitas ganas de recorrer más.
Es difícil explicar lo que es El Camino y lo que ha sido para mí, por ahora mi única certeza es que quiero hacer esto muchas más veces en mi vida, esta forma de vivir me hace todo el sentido y sobre todo me llena de felicidad.

Al final cada cual hace su Camino, el mío fue profundo, sanador e inspirador. Hace tres años le prometí a Alberto que haríamos esto juntos y lo hicimos, pues estoy segura que acompañó cada uno de mis pasos.

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Me alegra tanto saber que viviste esto, el ojito se me llena de lágrimas de imaginarme todo lo que debió ser esta experiencia. Un abrazo y que sigan muchas aventuras más . Te chero 😘
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Un relato muy íntimo, gracias por compartir la experiencia. También estoy segura que Alberto te acompañó en cada respiro.
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