Friluftsliv, una sintonía natural

Mongua – Sismozá – Labranzagrande

A veces nos inventamos planes que ante los ojos de otros parecen un tanto estúpidos y hasta masoquistas, pero para nosotros son pequeñas aventuras que nos transportan hacia los más simples placeres de la vida.

Así surgió el rebuscado plan de ir caminando desde Mongua hasta Labranzagrande, ambos municipios de Boyacá. Yo venía hace rato con la idea de empezar a hacer algo de trekking, así que pensaba caminar por algunas montañas cercanas, pero pronto encontré quien me copió de una la idea, y sin pensarlo mucho, me propuso una ruta un tanto atrevida a la que no me negué.

Para planearlo nos repartimos habilidades, él se encargaría de descifrar la ruta y yo de la comida que llevaríamos para el camino, pues entiendo muy poco de mapas, pero me encanta escoger y alistar comida para este tipo de planes. No teníamos muy claro el camino pero sabíamos que existía, un día antes cambiamos el plan y decidimos hacerlo en sentido contrario, y aunque nos implicó viajar en carro, mover días laborales y algo más de logística, sin duda fue un acierto esa decisión.

Carpa, sleepings, chaquetas, navajas, linternas, comida y todo lo que creíamos necesitar para aventurarnos quedó listo la noche antes del viaje, pues al día siguiente madrugaríamos en busca del primer bus que nos llevaría a nuestro punto de partida: Mongua.

Esa mañana llegamos a Mongua más tarde de lo esperado y ya habían salido todos lo camiones lecheros, lo que quería decir que habíamos perdido la única oportunidad de ahorrarnos el ascenso más duro del camino, nada que hacer, tocaba caminarlo, finalmente a eso habíamos ido. Relojes listos y empezamos a andar con maletas al hombro y un tímido sol que nos acompañó las primeras dos horas, pues las otras seis llovió tan fuerte que no hubo chaqueta, plástico, ni rain cover que aguantara. Durante horas caminamos bajo la lluvia y completamente solos, parecía no haber vida alrededor. Llegamos hasta el cucurucho del páramo y en medio de las nubes fueron apareciendo tapetes de frailejones, era la recompensa por mantenernos firmes y continuar caminando a pesar de las inclemencias. Apenas encontramos un escampadero nos metimos a preparar el esperado almuerzo, unos sanduchitos que nos reconfortarían para caminar el último tramo del día y lograr llegar antes del atardecer.

Y así fue, justo antes del atardecer y habiendo caminado 33km llegamos a Sismozá, un pequeño caserío en medio de la montaña donde encontramos techito y comida. Cristina y Tobías nos dejaron poner la carpa en una casa en obra gris que para nosotros fue en ese momento un hotel 5 estrellas, no necesitábamos más que resguardarnos del frío y recuperar energía, pues estábamos completamente mojados, no solo nosotros, también todo dentro de nuestras maletas, así que pusimos hasta los calzones a secar e hicimos del pequeño cuarto el propio chiringuito.

Cuando empezamos a imaginarnos el plan teníamos en mente hacerlo en tres días, pero ya en el camino nos dimos cuenta que era perfectamente viable hacerlo en dos, así que el segundo día nos levantamos con la calma de quien ha quemado 4000 calorías el día anterior y arrancamos lo que sería nuestro segundo y último día de caminata.

Estábamos convencidos de que ese tramo sería más corto y más fácil, pues además ya no estaríamos a la altura del páramo y el clima sería, sin duda, más favorable. Esta vez iniciamos con menos ropa encima y listos para llegar a nuestro destino final y cumplir el reto que nos habíamos inventado.

Cascadas, árboles de guayaba, casas abandonadas y fósiles nos entretuvieron a lo largo del camino, tanto así que pasaban las horas y el reloj no marcaba más de 6km. Contrario al día anterior, esta vez encontramos por el camino varias personas y a cada una le preguntábamos cuánto faltaba para llegar caminando hasta Labranzagrande, la primera persona nos dijo que faltaban tres horas, seguimos caminando y un par de horas después la segunda persona nos dijo lo mismo: faltan unas tres horas, continuamos caminando y más adelante un hombre a caballo repitió el mensaje de los otros dos, habíamos caído en el loop de las tres horas. Sin embargo, eso no nos desanimó, seguimos nuestro camino sabiendo que una cerveza helada nos esperaría en aquel pueblo.

Queríamos llegar antes de las tres de la tarde para romper, lo que nosotros mismos habíamos denominado, el récord mundial, así que empezamos a apurar el paso, ya en ese punto dolían algunas partes del cuerpo, las piernas, la espalda y un par de ampollas en los pies se hacían sentir con cada paso, realmente no había sido más fácil que el día anterior y ya queríamos llegar.

Entonces el pueblo apareció a lo lejos en medio de las montañas, estábamos muy cerca, o por lo menos eso sentíamos, pero esos últimos kilómetros se hicieron un poco eternos. Por fin, cruzamos el gran puente rojo que indicaba que ya estábamos en Labranzagrande, el reloj marcó 27km recorridos, nos emocionamos en silencio, pues sin haberlo acordado, estábamos guardando la celebración para el momento en que estuviéramos con la anhelada cerveza en la mano.

Las miradas de los locales se posaron sobre nosotros, creo que éramos una imagen difícil de comprender, entre tímidos saludos nos cruzamos todo el pueblo para llegar a la tienda donde queríamos celebrar, pero justo estaba cerrada, como casi todo lo demás. Igual era lo de menos, ya estábamos ahí y lo único que nos faltaba era brindar con una cerveza y un fuerte abrazo.

Mil puntos para la montaña, las pequeñas cosas que nos sorprenden en el camino y mi recién reclutado amigo de aventuras Friluftsliv.


Deja un comentario