Turquía
Estambul – Capadoccia
“Toda ciudad árabe resulta misteriosa para un occidental” (Gamboa, 2003)
Desde hace unos años este país me estaba coqueteando y mis intentos previos de viaje habían fracasado, así que lo tenía en mi eterna lista de lugares por conocer. Fue planeando la ruta en bici con mi hermana que me di cuenta que estaría a un país de distancia de Turquía, si iba hasta Rumania, ¿por qué no cruzar Bulgaria y dar mi primer paso hacia el mundo árabe? Unos cuantos kilómetros más no harían la diferencia.
Tras 17 horas de viaje, en un avión donde todos lucíamos muy diferentes, algunos acompañaban su almuerzo con algo que parecía leche y en las pequeñas y viejas pantallas solo había clásicos árabes, llegamos por fin a Estambul, dónde pasaríamos solo unas cuantas horas. Qué lugar tan diverso, fue lo primero que pensé, creo que nunca había visto gente tan diferente reunida en un mismo espacio. Árabes, asiátic@s (de ojos rasgados), rubi@s, negr@s con turbantes, moren@s aindiados (como yo), y por supuesto mil lenguas intentando interactuar para descifrar la confusa información de las pantallas. Mejor dicho, estaba en medio de toda la fauna en su máxima expresión.

Tres semanas después aterrizamos de nuevo en Estambul, esta vez procedentes de Bucarest (Rumania) y listas para sumergirnos en el mundo árabe, tan ajeno para mi hasta ese momento. Muy pronto tuvimos nuestro primer encuentro con la “astucia” turca, nos tocó negociar durante más de una hora para conseguir un carro que nos llevara con bicicletas y por un precio razonable a nuestro hostal. Los precios variaban significativamente entre un taxista y otro, y cuando intentamos proponerle a otro viajero que compartiéramos taxi, la molestia de los turcos no se hizo esperar y de inmediato frustraron nuestro intento de negocio. Otro personaje intentó cambiarme un Euro por una Lira Turca, que por supuesto vale mucho menos. Fue así como empezamos a ver cómo funcionaban estos turcos. Aunque no siempre fue así, en adelante encontramos también gente muy amable y honesta.
Los turcos son tan amables y entradores como los latinos. En la calle las personas solían hablarnos, con solo vernos empezaban a soltar palabras en un español bastante exótico, frases como: hola hola Pepsi Cola, querida señora, y bueno, bonito y barato, hacían parte de su particular repertorio.
Estambul: el mundo árabe y occidente
Sabemos tan pocas cosas del mundo, pensaba mientras recorría esta ciudad, estaba en un mundo muy diferente al mío, una ciudad con una historia milenaria que me remitía a las clases del colegio y aquellas cosas que nunca aprendí.

Las mujeres con sus burkas o chador era una escena tan encantadora como chocante, y fue aún más choca
nte cuando quise entrar a una mezquita y me vi obligada a usar un traje que me tapaba de pies a cabeza. Aunque al principio fue emocionante «disfrazarme», al minuto estaba incomoda y acalorada en esas ropas. Por su parte todos los hombres entraban allí sin requerimiento alguno. Completamente injusto pensaba, y esto era solo una mínima muestra de las reglas patriarcales de esta sociedad. Verlas cubiertas nunca dejó de sorprenderme, me preguntaba constantemente ¿Qué sienten? ¿Qué piensan?
Un día se nos ocurrió entrar a un bar de viejitos, esos típicos cuchitriles que apestan a cigarrillo y generalmente están llenos de viejos. No sé por qué, pero tengo fijación por esos lugares, y no es que me gusten los viejitos, solo que encuentro interesantes los espacios. Así que entramos buscando comida y cerveza, y desde que pusimos un pie adentro nos ganamos las miradas de todas las personas del lugar. No dejaron de observarnos durante mucho tiempo, tanto que resultó incómodo e intimidante. La razón era más que obvia, ¿por qué dos mujeres «solas» estábamos en ese espacio masculino? A pesar de las miradas curiosas y otras incluso acosadoras, decidimos quedarnos y disfrutar de la comida. El idioma nos blindó, de no ser porque éramos extranjeras la situación hubiera resultado más incómoda.
Y sí, me tomó un tiempo darme cuenta que me estaba relacionando solo con hombres, ¿dónde estaban las mujeres?, por supuesto estaban en sus casas, no tenían roles en el mundo de lo público. Aunque actualmente existen musulmanes no practicantes, la cotidianidad está regida por las creencias religiosas, desde el Salat (las 5 oraciones diarias) hasta la prohibición de tomar alcohol a menos de 100mts de una Mezquita. Cada mañana, muy a las 6am, nos despertaba el parlante que hacía el llamado a la oración y al asomarnos al balcón, en pleno centro de la ciudad, nos recibía la cotidianidad musulmana del vecindario.

Ayran y las mil especias
La comida turca es tan diversa como el aeropuerto de Estambul. Vegetales, granos y todo tipo de especias predominan en su dieta. Siempre queriendo probar todo, decidimos comer en pequeños restaurantes de barrios y bazares, donde vendían la comida por peso, así cada día podíamos probar algo nuevo. Pero mi hallazgo favorito fue el Ayran, esa extraña leche que tomaba la gente en el avión, resultó ser un tipo de yogurt griego, o más bien yogurt turco como dirían en Turquía. Y aunque a nosotros no se nos ocurriría nunca bajar un almuerzo con yogurt, esta práctica oriental más que descachada resulta interesante.
En algunos lugares hay vitrinas con un montón de platos frescos, la mayoría mezcla de vegetales, granos y especias de todo tipo. También en la calle venden cositas ricas, y mezclarse con la multitud del puerto para comer sánduche de pescado y mejillones rellenos de arroz es toda una experiencia.
Creo que encontré mi nueva ciudad favorita. Estambul sorprende, no solo por ser una ciudad transcontinental (es Europa y Asia), sino además por su espontaneidad, a la vuelta de cada esquina hay bazares, mercados barriales, grandes puentes y mezquitas que adornan el paisaje. A pesar de lo turística es auténtica, da la posibilidad de salirse del artificio turístico para sumergirse en lo cotidiano, y el famoso bazar de las especias es tan solo uno de tantos bazares de la ciudad, de hecho fue el menos encantador y el más caro de todos los que visitamos.

Esta vez faltó tiempo para conocerla, pues es de esas ciudades donde una visita nunca será suficiente.

Capadoccia
La magia de volar
Mientras se viaja muchas veces uno siente la necesidad de huir de los planes o lugares excesivamente turísticos, y volar en globo en Capadoccia es uno de los planes más turísticos de este país. Yo no estaba segura de hacerlo, llevaba varios días en Estambul, varias semanas de viaje por otros países del Este y realmente prefería quedarme en esta ciudad donde siempre hay algo nuevo que ver. Pero un turco me dijo: ¿viniste desde Colombia hasta aquí y no vas a volar en globo? Vale la pena hacerlo y después te vas a arrepentir. Él tenía razón, volar en globo es pura magia, es volver a sentirse un niño. Esa mañana la lluvia amenazaba y todos cruzábamos los dedos para que no lloviera, de lo contrario no podríamos volar, y como decimos los colombianos, nos quedaríamos con los crespos hechos. Pasaron un par de horas y todo era incertidumbre, hasta que por fin nos dijeron que si volaríamos. Todos los que estábamos allí éramos adultos pero nuestras caras de emoción eran las de un niño en navidad. La emoción y el asombro permaneció desde que empezaron a inflar los globos hasta que nos bajamos de él. Éramos muchos globos volando al tiempo, un espectáculo brutal por el que celebramos muy a las 9am con una copita de vino espumoso y torta de naranja.
El dueño de los Camellos
No me lo esperaba y no estaba entre mis planes, pero esa tarde Harold (el dueño del hostal) insistió en llevarnos a dar una vuelta en su carro y aceptamos por cortesía. Él estaba feliz de pasearnos por su lugar y decidió hacer una parada sorpresa. Nos bajamos y me dijo: ¿ves esos camellos que están ahí? son míos, ve y dile al señor que te dé una vuelta gratis. No sabía si le había entendido bien pero igual bajé, pregunté si eran los camellos de Harold y pedí mi vuelta gratis. Aunque ya había visto Camellos nunca me había montado en uno. Me senté y este enorme animal se paró hasta elevarme al doble de mi estatura, me sentía como una niña montando en Llama. El paseo fue tan corto que apenas alcanzó para tomar la foto.



Ya di el primer paso hacia Asia, espero la ruta me lleve de nuevo por esa dirección.
Una sola semana en Estambul daría para escribir unos cuantos post, yo me quedé con ganas de más… Asiaaaa y Ayran
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