Notas en bicicleta

Alemania – República Checa – Austria – Hungría – Eslovaquia – Rumania

Siento como si hubiera viajado un año entero, más que el tiempo fueron los lugares, personas, idiomas, monedas, rutas e historias que pasaban cada día y que no podré narrar aquí. Partiré diciendo que es de las mejores cosas que he hecho. Sin duda esta aventura me hizo más fuerte, tuve que enfrentar algunos miedos, arriesgarme y salir a aprender nuevas formas de hacer lo que ya sabía hacer, viajar. Sin pensarlo mucho lo volvería a hacer. No fue fácil, pero fue más fácil de lo que esperaba. Estuvo demasiado divertido, me reí hasta las lagrimas y lo disfruté con todo mi ser. Y si, por supuesto que hay muchas historias de este viaje, pero por ahora intentaré resumir el cómo lo hicimos, las Microhistorias de un viaje en Bici vendrán en el siguiente post.

Antes de salir tenía muchas dudas sobre la armada de las bicicletas una vez llegáramos al aeropuerto, me preguntaba si podríamos armarlas o nos haríamos un ocho. Después de un viaje de 17 horas aun teníamos energía para armar lo más rápido que pudimos nuestras dos bicis, por lo que en menos de dos horas estuvimos listas. Primer reto superado, empezábamos con el pie derecho y aprobando la evaluación de varias clases de mecánica. Ya listas en Munich, tomamos el metro para intentar llegar a nuestro campamento de Oktoberfest. Era de noche y llovía cuando nos bajamos del metro en medio de la nada y tras hacer un par de preguntas a las únicas personas que estaban por ahí, montamos nuestras bicis cargadas por primera vez, y no tengo ni idea cómo, pero llegamos al recóndito lugar donde nos esperaba Simón, a quien no veía hace 3 años.

A Rodar

Días después nos encontramos los 5  que iniciaríamos en Praga y ultimamos detalles de lo que sería la salid14991256_10155626163037619_2399600812961279296_oa al día siguiente. Esa mañana todos muy listos con nuestras burritas emprendimos camino más emocionados que nunca y sin saber todo lo que vendría. Los primeros días fueron un poco duros (más para unos que para otros), pues nuestros cuerpos aun no estaban acostumbrados a pedalear  8 o más horas diarias, así que llegábamos muertos al final de cada día, con la energía justa para tomar la cerveza de celebración, un baño y comida. Pero eso fue cambiando y cada vez se hacía más fácil para nuestro cuerpo. Así que ya no solo tomábamos cerveza, teníamos energía para tomar hasta 6 botellas de vino y a veces entre más largo el tramo del día más energía teníamos para celebrar.

Meses antes habíamos marcado una ruta basada en distancias y  lugares de interés, sin embargo los planes variaron por el camino. Cada mañana salíamos con un destino claro (la mayoría de las veces), sabiendo cuántos kilómetros recorreríamos y la ciudad donde dormiríamos. Pero cuando vas en bici nada es seguro, por eso toca estar abierto al cambio y la improvisación. Recuerdo que el primer día de ruta salimos de Praga hacia Kosovo-Hora, al llegar a este lugar nos dijeron que no había donde dormir, en ese pequeñísimo pueblo no existía ni un hospedaje, así que después de haber pedaleado 77km, tuvimos que pedalear como 10 kms  más para llegar al siguiente pueblo donde  había un par de hospedajes. Entonces  empezamos a asumir  que esta sería la primera pero no la última vez que nos pasaría algo así.

Lost

Perdidos era nuestro estado. Encontrar las rutas fue muy difícil la primera semana mientras atravesábamos República Checa. Todo estaba señalizado pero no podíamos entenderlo, nos tomaba como una hora salir de cada ciudad, siempre dando vueltas sin tener claro el camino, pues las dos primeras semanas de viaje  ninguno tenía datos en su celular, todo se hacía a punta de mapas en el camino  e información que veíamos una noche antes. La estrategia era un poco precaria pero al final se lograba, siempre llegábamos donde queríamos. La tercera semana de viaje Arnau se sumó al equipo, él si tenía datos en su celular y esto facilitó todo. Aprendimos la lección, definitivamente vale la pena pagar roaming internacional antes de salir y poder tener acceso a las rutas todo el tiempo.

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Vías secundarias, terciarias, ciclorutas, parques naturales y pequeños pueblos divinos pero desolados, eran nuestros caminos diarios, siempre nos movíamos entre zonas muy rurales y evitábamos coger las carreteras más transitadas, pues no deja de asustar los carros y camiones que pasan a mil a tu lado y te dejan tambaleando unos segundos. Andábamos perdidos pero las rutas rurales fueron lo máximo, el segundo día descubrimos que podíamos recoger frutas silvestres por el camino, así que parábamos a cosechar ciruelas, uvas, moras, manzanas y nueces, era simplemente perfecto. Cada día salíamos temprano con toda la actitud de pedalear y las alforjas llenas de comida que parecía multiplicarse.  «La once” (modismo chileno para hacer referencia a la merienda) se institucionalizó en el viaje, llevábamos chocolates, galletas, frutas, bocadillos, quesos, gomitas, jamones, panes, nueces, té y hasta Foie Gras,  y hacíamos picnic en cualquier lugar, era el mejor momento del día, además de las infaltables cervezas de celebración, pues no hubo día que no tomáramos aunque fuera una. Por eso no regresamos a Colombia demacradas (como esperaba mi mamá), de hecho creo que regresamos con un par de kilitos más. En realidad Andrea y yo comíamos el triple de lo que solemos comer.

El Botiquín Idiomático

Seguramente algunos habrán viajado por Europa, cruzando de un país a otro y cambiando de idioma, nada nuevo, lo sé. Lo nuevo es cuando se viaja en bicicleta, ya que claramente es otra forma de conocer que te obliga a estar en lugares que normalmente no visitarías. La primera vez que visité Europa (el lado oeste), fui por las típicas ciudades turísticas:  Roma, París, Madrid y otros lugares donde siempre habrá servicios para quien viaja. En nuestro caso llegábamos a pueblos donde sólo había dos pensiones y  un restaurante que además cerraba a las 7pm, y para completar nadie hablaba ni una palabra de inglés, únicamente los idiomas oficiales. Esto hizo que este viaje fuera completamente diferente, no solo por transportarnos en bici, sino

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Botiquín Idiomático (Por Zé Estrada)

por todos los límites y libertades que implica hacerlo de esta manera. Entonces encontramos las estrategias. Los idiomas fue lo más difícil y a la vez lo más divertido y anecdótico, como éramos un equipo tan diverso hablábamos muchos idiomas (alemán, francés, inglés, italiano, catalán, valenciano, suizo y español), pero aún así había momentos en los que simplemente no encontrábamos forma de comunicarnos con la gente. Por supuesto terminamos aprendiendo algo de cada idioma, Jose me había hecho un diccionario que llamó Botiquín Idiomático y nos sirvió para aprender lo básico. Pero en el cuarto país ya teníamos todo tan revuelto que no sabíamos ni en qué idioma hablábamos. Dibujos, señas, mímica y una mezcla de idiomas fueron algunas de las estrategias para comunicarnos, no fue para nada fácil pero siempre funcionaron. En Rumania tuvimos más suerte, pues estos rumanos que han tenido que migrar a otros países han aprendido idiomas, así que es común encontrar personas que hablen inglés o español, por lo menos en las ciudades más grandes.

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Joseph y el Botiquín Idiomático

Asombro y admiración 

Es increíble lo que un cicloviajero puede despertar en una persona, de partida asombro y admiración, y lo digo porque lo he sentido de ambos lados, me he emocionado al ver cicloviajeros por las montañas colombianas,  y aquí estuve del otro lado sintiendo la emoción y admiración de las personas al vernos. Muchas veces la gente se acercaba con curiosidad a preguntarnos de dónde éramos, pues no tenían idea de qué país era esa banderita tricolor que ondeaba al andar, llevándose una gran sorpresa al saber que veníamos de tan lejos (en nuestro caso) y extrañándose al saber que todos éramos de países diferentes. Y con esto venía muchas veces un listado de preguntas o simplemente saludos, sonrisas y gestos para animarnos.

Mientras pedaleaba me decía: esto no es tan difícil, lo estoy haciendo!! en otros momentos pensaba: bueno, tampoco es tan fácil. Sin embargo creo que no se necesita mucho para hacer algo así, solo gusto por viajar, un poco de entrenamiento y una pizca de valentía. Por supuesto, hubo momentos en los que sentí que no quería ni podía más, particularmente un día en el que la ruta tenía arena y piedras, lo que nos obligó a bajarnos y empujar las bicis un rato.De hecho ese día me caí, mis llantas patinaron en la arena y perdí el equilibrio, no me pasó nada pero fue desgastante sumado a todo el esfuerzo para atravesar ese tramo y el miedo de volverme a caer.

Recursividad Hungariana

Un día mi bici se dañó, el sillín se le empezó a  bajar y ya me dolían las rodillas, por más que lo subía se terminaba bajando. Entonces tuve que llevarla a la bicicletería del pueblo. En la primera lo intentaron img_8661todo y me enviaron a otra, el problema era que el tubo del sillín era, según ellos, «special size»  y ahí no tenían el tubo que yo necesitaba. En la segunda tampoco hablaban más que húngaro pero pronto llegó un cliente que hizo de traductor. Aquí también sacaron todas las herramientas y piezas habidas y por haber pero nada funcionaba, is an special size, decía el traductor refiriéndose a la caña de la bicicleta. No había solución, la pieza que necesitábamos tocaba traerla de Budapest y eso demoraría unos días. Sin mucha fé, el señor intentó una última solución. Regresó con dos latas de cerveza, las cortó y las puso alrededor de la caña, pero ésta no encajó. Entonces hizo una llamada de emergencia y minutos después llegó una mujer, su esposa, con otras latas de cerveza, más gruesas al parecer. Hizo el mismo procedimiento y esta vez sí funcionó. Le tomó dos horas arreglar mi bici. Al final ellos recibieron 5 Forints  (moneda de Hungría) de pago y un par de bocadillos (dulces típicos colombianos) de agradecimiento. Una lata de cerveza y la recursividad hungariana (en medio de la confusión de idiomas sin saber por qué, decíamos Hungaria en lugar de Hungría) me salvaron. Este es el momento en que en Colombia no han podido arreglar mi bici, nadie sabe qué le pasa, así que continúa con la lata de cerveza alrededor de la caña.

Energía de sobra

A pesar de las cosas que podían pasar o el cansancio que sintiera, la satisfacción al terminar el día siempre fue más que suficiente para continuar al día siguiente. No pedaleábamos todos los días, había ciudades donde decidíamos quedarnos dos noches para conocer y “descansar”. Sin embargo esos descansos se nos convertían en días de caminar toda la ciudad. No montábamos bici pero tampoco descansábamos, por alguna razón teníamos energía casi de sobra para hacer de todo. Yo no podía creer, y aún no puedo creer, que mi cuerpo estuviera resistiendo tanto. La mayoría del tiempo tuve dolor, no mientras pedaleaba, pero cada vez que me bajaba de la bici sentía un dolorcillo en el coxis. Pero nos cuidamos un montón, jengibre y vitamina C en el agua, y complejo B y crema de eneldo para los músculos, eran parte del botiquín. Esto me mostró que nuestro cuerpo es tan fuerte como nuestra mente quiere que lo sea.

Fueron 80km diarios (en promedio) y  915km en total. Un poco menos de lo que habíamos planeado, pero mucho más de lo que yo hubiera esperado hacer alguna vez en la vida. En bici llegamos sólo hasta la frontera entre Hungría y Rumania, alcanzamos a atravesar cuatro países: República Checa, Austria, Eslovaquia y Hungría. En Rumania nos volvimos un ocho tratando de mover la bicis en trenes (el plan era hacer una parte en tren y otra en bici), nos tomó más tiempo de lo que esperábamos por lo que decidimos alquilar un carro, montar las bicis y recorrer Rumania en cuatro ruedas. Quizás nuestro objetivo fue muy ambicioso para el tiempo que teníamos. No todos llegamos al final, Odile y Alain (los franceses) nos abandonaron al segundo día, pero Alain se nos unió de nuevo más adelante. Simón terminó su viaje en Viena (así lo había planeado). Y Arnau se sumó en Viena y llegó con nosotros hasta Bucarest, ciudad donde todos nos despedimos. Alain continuó pedaleando dos semanas por Bulgaria y Turquía; Arnau regresó a Barcelona y Andrea y yo tomamos un avión a Estambul para cerrar el viaje en una de las ciudades más interesantes y espontáneas que conozco.

Las bicis nos dieron mucha libertad, pero también fue difícil y nos implicó gastos de más llevarlas de un lado a otro. Mientras estuvimos montando fue perfecto, pero cuando tuvimos que transportarlas en cajas fue algo complejo. Pero bueno, no podía ser de otra forma, nadie dijo que iba a ser simple.

Todo lo que hice fue pedalear, comer y beber. Fui la mascota del equipo porque no tenía ni idea de mapas ni rutas y además, a pesar de esforzarme mucho, siempre iba de últimas. Todo mi trabajo fue planear este viaje. Aunque no suelo viajar en grupo (de hecho este era mi primer viaje con amigos), haber hecho mi primer viaje en bici en compañía de varias personas fue perfecto, creo que sola (o solo con Andrea) no hubiera podido hacerlo, sobre todo por las indescifrables rutas del Este. Lo logramos entre todos, unos nos encargábamos de las comidas, otros de los hostales y así las tareas se iban repartiendo. En el caso de Simón, él fue toda una navaja suiza, hizo de traductor, gps y selfie stick, para eso son los buenos amigos… Arnau, Alain, Andrea y Simón, los buenos compañeros de viaje.

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Vista de Hungría desde Eslovaquia

Aquí quedan los mapas de la ruta para quienes se estén antojando. Ya vendrá Microhistorias de un viaje en bici

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