Tagong – Danba – Zhonglu
Lo que viene no es sobre Lhasa, ni el Everest, ni Los Himalayas, pero si es sobre El Tíbet. Es sobre un Tíbet, hasta hace muy poco, desconocido para mi.
Primero, un contexto rápido. Si uno mira un mapa de Asia, verá a Tibet y a China como 2 territorios divididos por una clara línea fronteriza. Desde hace décadas existe un conflicto entre China y Tíbet, dónde los tibetanos luchan por su soberanía y autonomía cultural y religiosa, mientras China ha intentado tomar el control de su territorio. En los años 50 China invadió Tíbet y tras esto hubo una reorganización que fragmentó el territorio tibetano en dos partes: lo que hoy conocemos como El Tíbet y lo que se denominó como las Provincias Autónomas Tibetanas, es decir, los territorios y comunidades tibetanas que quedaron dentro de China y que, hasta hace muy poco, no sabía de su existencia. Es entonces, sobre ese Tíbet del que quiero hablar.
Las comunidades tibetanas en China hablan de este hecho como el momento en que perdieron su país y aún nombran el territorio donde viven como El Tíbet, se identifican como tibetanos (no como chinos) y resisten de manera consciente para evitar que su lengua y su cultura desaparezcan. Mientras algunos adultos mayores ni siquiera hablan chino, las nuevas generaciones vienen dejando un poco de lado la lengua tibetana.


China es un país inmenso y principalmente reconocido por sus grandes y modernas ciudades. Pero no todo son robots y rascacielos, una parte importante de China sigue siendo rural. Por eso, cuando decidimos venir a China siempre tuvimos en mente conocer otra de las caras de esta súper potencia, la China rural. Lo que nunca se me ocurrió fue que terminaríamos en Tíbet, pues como ya lo dije, ni siquiera sabía de la existencia de estos lugares.



Nos habían dicho que llegar a estos pueblos era díficil, pues estaban muy lejos y no había trenes, tan solo unos pocos buses.Entonces lo pensamos mucho, lo evaluamos a la luz de nuestras emociones y tomamos «el riesgo». Honestamente, no teníamos claro a qué tipo de lugar llegaríamos, todo en China es grande, turístico y lleno de infraestructura, de hecho algunos pueblos tradicionales han sido gentrificados por el gobierno para convertirlos en atracciones. Son pueblos dónde cobran la entrada y al interior todo está diseñado para vivir una experiencia muy turística y poco auténtica. Obviamente no queríamos llegar a un lugar así.
Lo que encontramos en Tíbet, por suerte, no tenía nada que ver con eso, ni con lo que nos habían dicho. Si, estaba lejos y perdido entre las montañas, pero no fue difícil llegar, de hecho tomamos la icónica Ruta G318, la más larga de China y famosa por sus impresionantes paisajes. Lejos, pero no desolado, en esta región había un montón de turistas chinos, muy pocos extranjeros, y sobre todo, había mucha vida local y auténtica.
Así que, escuchar mantras por parlantes en las montañas, encontrar budas y altares, ver monjes budistas, monasterios o personas con trajes tradicionales de etnias tibetanas es la cotidianidad de estos pueblos, dónde no se saluda diciendo Ni Hao (hola en chino), sino Tashi Delek (hola en tibetano).









Y no contentas con haber llegado a los pueblos lejanos, quisimos hospedarnos una noche en el campo con una familia tibetana. Era la primera vez que esta familia recibía visitantes, nos dijo nuestro guía, por eso ni ellos ni nosotras sabíamos bien cómo actuar. Aun así, nos recibieron con mucha generosidad, compartiéndonos su espacio y su comida, pues prepararon Momos, té con leche de yak y Tsampa, comidas simples, tradicionales y cotidianas para ellos.




La mayoría de occidentales que visitan China coinciden en que se sienten muy observados y así lo vivimos también nosotras. Ahora, si en las ciudades chinas nos miraban, en Tíbet, particularmente en Danba, nos sentíamos estrellas de Hollywood. La gente nos miraba, nos saludaba, las viejitas se codeaban al vernos pasar y los niños nos señalaban mientras se escondían detrás de sus papás. Y la verdad es que nosotras hacíamos casi lo mismo, nos daba curiosidad mirarlos.
Un día vimos un grupo de mujeres tibetanas y decidimos pasar de cerca y muy despacio. Íbamos cargando nuestros morrales, pues recién llegábamos al pueblo. Cuando nos vieron, nos invitaron a sentarnos, quitarnos los morrales y descansar. No lo pensamos ni un segundo, era la oportunidad de compartir con ellas. Al verlas hilando, se me ocurrió mostrarles un vídeo de mi tía abuela hilando, una mujer como ellas, pero como yo. Sin duda, fue la mejor forma de conectar, se reían y decían repetidamente algo que no entendíamos, y que, en realidad, no hizo falta entender para poder compartir ese momento. Al rato sacaron manzanas partidas y dulces para darnos, mientras nosotras, queriendo compartir también algo, les dimos bocadillos colombianos que se comieron felices y hasta repitieron.


No me juzguen por exotizar a la gente, yo también fui exotizada. Lo que creo es que relacionarse con lo diferente pasa por la curiosidad. Y eso no está mal, la diferencia atrae más de lo que uno se puede imaginar y estas situaciones siempre fueron genuinas y respetuosas, además de divertidas.


Y bueno, el mundo budista me sigue atrapando. Este no fue mi primer contacto con el budismo, aún así, encontrarme con todo esto fue fascinante, pues de lo poco que entiendo de esta filosofía y religión, conceptos como el desapego, la impermanencia y la compasión, no solo me hacen sentido, sino que los intento aprender y adoptar en mi vida desde hace un tiempo. Por eso para mí, haber estado en Tíbet fue una divina serendipia.

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