Este post lo había escrito hace mucho y estaba perdido entre los borradores del blog. Aquí van un par de historias de Tijuana con tequila, sexo y marihuana.
La frontera
Gris es el color de la frontera entre Estados Unidos y México cuando me la imagino, pues toda la vida he escuchado historias de coyotes, narcotráfico y un muro de varios kilómetros que, desde hace unos años, dibujó violentamente una línea entre ambos países. Alguna vez pasó por mi cabeza cruzar esa frontera, por supuesto lo imaginaba al estilo Hollywood, un peaje lleno de policías dispuestos a escarbar en los rincones más recónditos de mi mente y mi maleta para descubrir las «turbias intenciones» de todos los migrantes. Y al imaginar eso, el miedo me obligaba a descartar de inmediato la idea suicida.
En septiembre de 2019 viajabamos a Estados Unidos, habíamos sido invitados a un congreso en Denver y pensábamos ir hasta Yellowstone y después a San Diego a visitar a nuestros amigos Kats y Chris. Días antes de viajar me ofrecieron un nuevo trabajo que me obligaba a recortar el viaje y regresar antes. Así que calculamos y lo mejor para mi sería regresar desde San Diego. El problema era que desde esa ciudad no salían vuelos hacia Bogotá, tendría que ir hasta Los Ángeles, y a decir verdad, poco me seducía la idea de visitar esa ciudad. Llamamos a Kats para cuadrar nuestro encuentro, y al contarle sobre mi regreso anticipado, ella mencionó la opción de regresar desde Tijuana. Al escuchar Tijuana me emocioné infinitamente y sin pensarlo dos veces decidí que ese iba a ser mi punto de regreso. Hasta ese momento no sabía que Tijuana estaba al lado de San Diego, y que además el cruce es tan cotidiano y seguro, que sería completamente viable ir de un lugar a otro.
Después de un par de días en San Diego, esa mañana nos dejaron justo ahí, en la frontera. Antes de llegar, ya todo empezaba a lucir distinto, una paleta de colores que pasaba del super chic estilo californiano al popular mexicano. Era un día muy soleado y entramos a la oficina de inmigración como quien entra a una estación de trenes, solo que aquí no había nadie. Entramos solos, y contrario a lo que imaginaba, la frontera no lucía ni peligrosa ni gris. Tampoco estaba llena de policías, los pocos que habían, aparte de echar una mirada desapercibida a los pasaportes, lo único que dijeron fue: ¿primera vez en Tijuana? tienen que ir a comer tacos. De inmediato recordé por qué México siempre ha sido parte de mis amores.
Era la segunda vez que estaba en México, años atrás había llegado allá motivada por las historias de mi papá. En mi casa siempre hubo objetos mexicanos, aquel calendario Maya en la pared, los vasos con motivos de las pirámides, el juego de toallas con diseño Azteca guardado por años como un valioso souvenir, y como no mencionar la muñeca de negra cabellera y traje floreado que se sentó en cuanta repisa hubo en la casa. Todo esto para decir que treinta años atrás mi papá viajó a México, se trajo medio país en la maleta y crecí con datos como: «en México el tamal es un envuelto y el envuelto un tamal». Este país me gustaba incluso antes de conocerlo.

Y ahí estábamos, ya del otro lado batiendo la mano para tomar cualquier bus pequeño y atiborrado que por un precio insignificante nos dejaría en el centro de la ciudad. Allí nos encontraríamos con Edgar, un amigo colombiano que recientemente había llegado a vivir a Tijuana. Si, a vivir a Tijuana. ¿A quién se le ocurre irse a vivir a Tijuana? Pues a él, que tuvo que salir de Estados Unidos una vez cumplido su tiempo de visado, y los más cerca que podía estar de su novia, que vivía en Los Ángeles, era Tijuana.
El bus nos dejó en la Avenida Revolución, a lado y lado había almacenes de cuanta cosa pudiera venderse, pero lo que primero nos sedujo fue una típica pastelería de pueblo a la que entramos de inmediato para calmar el hambre y la recién adquirida libertad de gastar en pesos mexicanos.
Era domingo y la gente estaba en las calles, así que aprovechamos para aventurarnos por ahí en busca de los prometidos tacos. La música a alto volumen nos llevó hasta El Negro Durazo, la típica pescadería familiar con peces pintados en cada pared. Y fue ahí donde nos comimos los primeros de muchos tacos en Tijuana. Adentro, un grupo musical en tarima animaba con corridos norteños, el ensordecedor ruido nos obligó a buscar la mesa más distante. Sin preguntarnos, nos sirvieron consomé de pescado y después fueron llegando empanadas, tacos de camarones y cervezas Tecate. Lo que pedimos no fue más que entradas, pero las cantidades eran una muestra de la generosidad mexicana.
Un prostíbulo en Tijuana
Llegó la noche y como en todo pueblo o ciudad pequeña, había ambiente de fiesta dominguera en las calles . Lo primero que encontramos fue una pequeña tarima, justo a la entrada de la colorida feria que se se extendía a lo largo de una popular calle llena de cantinas. Emocionada me acerqué a la gente que entretenida se movía con timidez al ritmo de una cumbia interpretada por una joven mujer. Aprovechamos la tarde y la noche para hacer un pubcrawl por las populares cantinas, que no eran precisamente los lugares más turísticos. Al principio las miradas se posaban sobre nosotros, pero al rato ya nos sentíamos como en casa. Todos y cada uno de estos lugares eran oscuros y un poco turbios, a decir verdad, pero ahí estaba su encanto.
Después de recoger a Edgar en Cine Tonalá, donde había empezado a trabajar ese mismo día, continuamos nuestra ruta por las tabernas. Entramos a varias, en una de esas nos dieron torta porque el barman estaba cumpliendo años, así que nos comimos la torta con un tequila y seguimos la ruta. En la misma calle un jalador nos dijo: entren aquí, hay show de chicas, pronto empezaría el show de drag queens cantando, imperdible!! Nos sentamos en primera fila para ver el show de cerca. El público era bien diverso e inesperado, la mayoría eran parejas adultas, otras mesas de grupos de hombres mayores y jóvenes. Todos cantaban a grito herido desde Enanitos Verdes hasta Juan Gabriel. El show estuvo tremendo desde el inicio, ellas cantaban y las personas iban pasando a dejar un billetico en sus llamativos escotes. Como Jose se negó a hacerlo, fui yo quien terminó poniéndole un billetico de 20MXN en medio de las redondísimas bubbies de una de las cantantes.
Salimos de ahí, y como si no hubiera sido suficiente el show de drag queens, terminamos metidos en un prostíbulo, único lugar abierto a esa hora. Yo nunca había entrado a uno, era pequeño, estaba lleno de luces y había un escenario al centro con un tubo de pole dance donde bailaba una mujer rubia, sus carnes flácidas sobresalían bajo las transparencias que vestía. Aparte de nosotros, había tres chicas en un sofá y dos mesas más con parejas. Nos sentamos y pedimos una cerveza, yo no podía dejar de mirar el lugar y todo lo que pasaba allí, pero ellos dos ni se daban por enterados de los que sucedía a su alrededor. A los pocos minutos entraron unos hombres de cabeza rapada y chaquetones. Uno de ellos se paró frente a la chica que bailaba en el tubo, le puso un billete en los calzones e intentó tocarla, pero ella lo esquivó con disimulo en medio de su baile. Yo, que no podía dejar de mirar la escena, también con disimulo, estaba muy incómoda con la situación, pues entraron en conflicto todas mis reflexiones feministas y lo que implicaba estar en ese lugar viendo a aquella mujer haciendo un trabajo con el que parecía estar tan incómoda como yo. Por fortuna pronto salimos de ahí.
Pa´comerselo a bocados

La noche cerró con unos Tacos de Canasta. En México se le llama así a los tacos de la calle, algunos efectivamente los venden en una canasta, otros en un carrito callejero. Los hacen con esa habilidad que solo puede tener quien cocina parado en una esquina a media noche y presionado por una fila de comensales hambrientos que alargan sus cuellos para escoger los ingredientes y ser escuchados en medio de los gritos. Difícil escoger entre tanto ingrediente que ofrece el carrito de tacos, al final, por recomendación de los que hacían fila ahí, optamos por tacos de birria. En momentos como ese realmente desearía que mi estómago no tuviera fondo y pudiera comer sin límite. Los policías de la frontera tenían razón, aquellos tacos eran una cosa increíblemente rica. Aunque hemos buscado tacos de birria en restaurantes mexicanos en Bogotá, no hemos encontrado nada que se acerque al sabor callejero de esos tacos de frontera.
El día que llegamos no alcanzamos a ir a la plaza de mercado, ya estaba cerrada. Al día siguiente fue lo primero que hicimos, pues es una visita imperdible en cualquier lugar del mundo. Aunque era pequeña, era una muestra de la comida y la cultura mexicana, en un costado estaba todo el comercio para el Día de Muertos que ya se acercaba, katrinas, piñatas y papel picado adornaban el pasillo. Más adelante estaba lo mejor, la comida.
Empezamos comiendo queso Oaxaca que nos regalaron, íbamos a comprar un pedazo pero el tendero decidió regalarnos un pedazote. Dos pasos más y nos encontramos con tamales, tortillas, moles, flores, pozole y por supuesto, toda una variedad chiles. Sin duda, un pequeño paraíso.
De camino al aeropuerto íbamos en paralelo al famoso muro. Verlo me tocó el alma, imposible no sentir escalofrío ante semejante estupidez humana. Lo imaginaba distinto, ni peor ni mejor, solo distinto. Era una barrera de varios kilómetros que parecía nunca acabar, simplemente ridícula.

Mi visita a México fue muy corta esta vez, siempre será un lugar para volver.



uyy este me lo había perdido, me dieron ganas de comer tacos ya y de ver la muñeca negra y las toallas aterciopeladas 🙂
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