Viviendo entre micos

Itu, Sao Paulo – Brasil

Me preguntaba estos días por el respeto hacia otras formas de vida y esa idea tan errada que tenemos al creer ser una especie superior.

Han sido tiempos difíciles estos últimos casi dos años, estoy segura de que todos hemos tenido momentos de tristeza y desasosiego. Para mi ha sido un año de mucha tristeza, pero queriendo salir de ella me he encontrado con cosas maravillosas. Fue así como terminé viviendo entre micos en Brasil. Buscaba algo que me moviera, me devolviera el sentido, me mostrara una causa y me despertara una felicidad presente y sin expectativas. Fue cuando encontré el Projeto Mucky, un refugio a unas horas de Sao Paulo que alberga a casi 300 monos de varias especies. Después de buscar lugares así en varios países de África y Latinoamérica, decidí unirme a éste por un par de semanas.

Mi propósito era completamente interior, quería llegar a este lugar para desconectarme de la tristeza y llenarme de buenas cosas estando en contacto con estos increíbles animales. Pero fue más que eso, y solo al llegar allí comprendí el sentido de mi trabajo como voluntaria y lo que podía aportar a estos bichos.

Durante un par de semanas viví dentro del refugio con 17 personas más, la mayoría mujeres que viven y trabajan allí con turnos de 7am a 5pm. Isa, Laura y yo éramos las únicas voluntarias, cumplíamos el mismo horario y cada día teníamos tareas asignadas, la rutina comenzaba quitando las lonas de los recintos de los monos, para después llevarles el desayuno. Para eso, debíamos montar en bandejas los platos de cerámica, llenos de agua y comida, y llevarlos en carretillas por los caminos en tierra del refugio, se requiere fuerza y habilidad para eso, por lo que solo logré hacerlo después de una semana.

Una vez les entregábamos casi uno a uno su desayuno, regresábamos para continuar las demás labores que variaban día a día y que consistían en ayudar en la aplicación de los medicamentos, en el pesaje de los monos para hacer seguimiento a su estado de salud, dar Ensure a aquellos que necesitaban complemento, dar masajes, bañar y alimentar a los que no pueden hacerlo por si solos, cortar ramas de los árboles para poner en sus casitas, llevarles hojas de col para que comieran, recoger la loza del desayuno y dejarles el almuerzo. Y así se me iba el día caminando por todo el refugio haciendo tareas aquí y allá. El trabajo era realmente agotador algunos días. Entre tarea y tarea, terminaba caminando aproximadamente 8km al día, pero cuando las cosas estaban más tranquilas podía quedarme un buen rato cerca de algunos micos para verles de cerca, hablarles, tocarlos si querían, y morir de la risa con cada cosa hacían.

Los primeros días estaba muy sorprendida con todo lo que veía, no podía creer la pasión y dedicación que ponía el equipo para poder dar una vida digna y confortable a estos animales. Allí todo está pensado para que ellos estén bien, la comida que les dan es deliciosa, Helena les cocina platos balanceados, nutritivos y coloridos que siempre incluyen variedad de frutas, vegetales, nueces, coladas y hasta arroz con leche. De verdad siempre me daban ganas de robarles algo de su comida. Entonces entendí por qué  a veces me decían que yo comía como mico, también entendí aquella frase que dice «huelo a mico», pues ese era siempre mi olor al terminar el día.

Se preguntarán por qué esta gente tiene casi 300 micos «encerrados» en un refugio, por qué no están libres en la naturaleza como debería ser. Y bueno, cada uno de ellos tiene nombre e historia, todos han llegado en condiciones de salud críticas y este lugar ha sido para muchos su salvación.

A Pirata la atacó un perro y perdió la visión por uno de sus ojos; Panda fue atropellada por un carro y quedó con deformidad en sus labios y dientes, Choy fue pisado en un asado familiar donde vivía como mascota y quedó parapléjico, Primavera perdió parte de su brazo en un accidente en la ciudad, Lucena no puede caminar, Nashira necesita que la bañen, la alimenten y la estimulen para defecar. Y así, cada uno tiene una condición y una historia detrás que solo deja ver lo que somos como especie humana, una especie que no tiene respeto alguno por otras formas de vida.

Pedrita y yo

Estos micos están aquí en las mejores condiciones que podrían estar, reciben todo el cuidado y amor que necesitan, lamentablemente no pueden regresar a la naturaleza porque muchos nunca aprendieron a vivir allí, por el contrario crecieron siendo mascotas, comiendo cosas que no los alimentaban y sufriendo malos tratos. Otros han perdido su hábitat y han empezado a llegar cerca de las ciudades en busca de alimento y es ahí cuando tienen accidentes con cables eléctricos, son atropellados en carreteras o atacados por animales domésticos como perros guardianes.

Con certeza puedo decir que estas semanas en el refugio fueron maravillosas. ¿Se fue la tristeza? aun no lo sé, pero me enamoré de estos bichos y de las personas que trabajan allí. Viví y trabajé con personas respetuosas, amorosas y solidarias. Son un equipo increíble que siempre busca el bienestar de todos. Honestamente disfruté cada momento, desde limpiar popó de mico hasta aquellos planes improvisados como ir al nuevo parquecito de diversiones del pueblo, sentarse a ver una película en pijama frente a una montaña de Pães de queijo hechos en casa, y escucharlos intentar hablar Portuñol.

Alguien dejó esta frase un día en la cocina: «Cuando sigues tus pasiones, el mundo es tu parque de diversiones». El refugio fue mi parque de diversiones.

Esta gente me recibió con los brazos abiertos para hacerme sentir en casa por unos días, atentos a tener café listo para mi, siempre preguntando si me sentía cansada o si estaba tomando suficiente agua. Y si los micos comían delicioso, nosotros no podíamos quejarnos, cada día Jackie y Andressa nos consentían con comidas deliciosas. Ya extraño la farofa. Vivir en esta comunidad de micos y gente maravillosa fue una gran idea, pero sobre todo una experiencia intensa que sin duda repetiría.

Gracias a Roberta, Jackie, Helena, Thaís, Andressa, Ingrid, Amanda, Léa, Beth, Ana Paula, Tha, Nath, Amanda, Mayra, Fernanda, Rapha, Jaque, Laura, Isa, André, Thayna, Adriana, Carlos, Severino y Valter. Y por supuesto a Livia, quien soñó e hizo realidad esto y que además con sus dotes de maga consigue mantener en pie este proyecto. Gracias chic@s, tienen una amiga y una casa en Colombia.

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4 respuestas a “Viviendo entre micos

  1. ay no sé si sentir felicidad o tristeza con está historia, aun estoy muy conmovida por todo y convencida de que hay que seguir trabajando para que estos y todos los bichos nunca salgan ni pierdan su hábitat natural.

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