Todo aquél que visita Perú de seguro tiene entre sus planes conocer las increíbles ruinas de Machu Picchu, y hay muchas formas de ir. Hay rutas para todos los gustos y presupuestos y por supuesto con cada una la experiencia es distinta. La forma más popular es tomar el tren Perú Rail que a pesar de divertido es un poco costoso. Pero para los más aventureros, valientes y pacientes, hay varios caminos que llevan a Machu Picchu.
Sin haberlo planeado regresé a Perú antes de lo que esperaba y con un único propósito. Casi 10 años atrás visité por primera vez este increíble país y en ese entonces me quedé con ganas de hacer algo, la popular ruta llamada Camino del Inca. En aquél entonces no tenía ni idea que existía, era un plan muy costoso y poco popular. Así que me quedé con la ilusión de poder hacerlo algún día, quizás cuando fuera grande. Y el día llegó cuando mi hermana empezó a organizar su viaje a Perú y entre sus planes estaba caminar de Cuzco a Machu Picchu. No lo pensé dos veces y alisté un viaje express en el que tenía los días justos para hacer lo que quería hace tantos años.
Después de averiguar y comparar varias rutas, decidimos tomar la ruta Salkantay. Algunas personas nos dijeron que no era posible hacer este camino en temporada de invierno, que no era recomendable y otros comentarios por el estilo, pero aún así decidimos hacerlo. Fue necesario pagar un tour, pues hacerlo por cuenta propia, aunque es posible, puede resultar muy difícil, se necesita ser un caminante con mucha experiencia para no morir en el intento.
Aquella mañana partimos 18 personas desde Mollepata, un pueblo cercano a Cuzco. Lo primero que pensamos fue: ¡qué cantidad de gente!. Pensamos que no sería tan chévere caminar con un grupo así de grande, pero en ese momento no había más opción, solo asumir que viviríamos los próximos días con todas estas personas. Además de los 18 caminantes de diferentes nacionalidades, iban dos guías locales, tres cocineros y el señor de los caballos.
Serían cinco días caminando por entre las montañas, y aunque nunca leí ni nadie me dijo que era una ruta exigente, yo asumí que debía estar entrenada y eso hice. Sin embargo estaba muy preocupada porque durante todo el año había tenido un constante dolor de pies. Si me empezaba el dolor por el camino tendría que abandonar. Así que antes de empezar le pedí a mis pies que fueran fuertes y por si acaso me compré en la plaza de mercado una pomada de las 7 hierbas que, decidí, sería bendita.
Armé un equipaje pequeño que dividimos en dos maletas, una parte la cargaba una mula y la otra cada uno la llevaba en sus hombros. Y aunque llevaba poco creo que hubiera podido llevar menos, al final uno termina usando la misma ropa todos los días.
El primer día caminamos 13km, la mayor parte de la ruta era plana, pues era más una caminata de aclimatación y entrenamiento para el segundo día que, según los guías, sería el más difícil, tendríamos que subir hasta los 4650 msnm.

Llegamos pasada la hora del almuerzo a nuestro primer campamento, un lugar custodiado por dos nevados que en la noche alumbraban con su inmensa blancura en medio de la oscuridad. Allí nos recibieron con un delicioso y reconfortante almuerzo. La comida siempre fue rica, balanceada, sana y sobre todo hecha con amor. Cecilio, el chef, y su equipo de cocineros nos consentían cada día con un nuevo plato lleno de ingredientes locales, variedad de papas y cereales.

Cada mañana Cecilio hacía de despertador y muy temprano lo escuchábamos pasar por nuestras carpas diciendo: hola hola, buen día, mate de Coca. Y así despertábamos, con un té de Coca caliente que nos ayudaba a despertar y además aseguraba que todos estuviéramos listos a tiempo.

El tan esperado segundo día llegó y con toda la actitud arrancamos a las 6am, listos para subir 4 horas y luego bajar durante 6 más. Sin duda sería una jornada larga. Todos, siguiendo las recomendaciones de los guías, empezamos a mascar coca desde temprano, la posibilidad de que nos diera Soroche (mal de altura) no era lejana. Apenas alcanzamos algo de altura, algunos de los síntomas no se hicieron esperar, sentía que las montañas se movían, como si hubiera comido hongos en el desayuno. Afortunadamente no pasó de ahí, todos sobrevivimos al Soroche. La subida estuvo mejor de lo que esperaba, en cambio la bajada fue un poco dura porque nos tocó lluvia durante horas, y caminar con la ropa mojada no es precisamente el estado más confortable. El día terminó y al parecer lo más duro había terminado, en adelante todo sería más sencillo, o por lo menos eso creíamos.

Ya estábamos a medio camino, completábamos tres días caminando y la recompensa de ese día era un almuerzo especial con fríjoles, arroz Chaufa, aguacate, camote, ensaladas, chicha morada y hasta café local. Y para completar, tendríamos una tarde de termales, el plan perfecto para relajarnos y continuar. Y así fue, después del increíble almuerzo, estas termales en medio de la montaña fueron el mejor regalo para nuestros músculos que recuperaban fuerzas confiados en que lo que venía sería pan comido.
El cuarto día en teoría sería muy corto y tranquilo, llegaríamos a dormir a Aguascalientes, y por fin estaríamos a un paso de Machu Picchu, así que estábamos muy tranquilos. Pero la tranquilidad se disipó cuando tomamos el popular camino de la carrilera del tren y todo cambió. Ya no éramos los únicos en el camino, iba y venía gente constantemente, mis pies resentían las piedras del camino, cada paso era desgastante y las horas parecían eternas. No fue un tramo pendiente ni largo pero fue completamente agotador, llegamos muertos a Aguascalientes, más que cualquier otro día.

A las 4am nos vemos abajo, dijo el guía la noche anterior. Llovía y continuaba oscuro a esa hora. Salimos con impermeables y linternas al frío de la madrugada. En pocos minutos llegamos al primer control donde tuvimos que resguardarnos de la lluvia mientras esperábamos la anhelada señal para emprender el último tramo para llegar por fin a Machu Picchu. Esta vez nos tocaba llevar gran parte de nuestro equipaje con nosotros, ya no había mulas ni acompañantes. Se abrieron las puertas del puente en medio de la oscuridad y empecé a subir lo más rápido que pude, no veía a nadie de mi grupo. Muy pronto empezó a pesarme la maleta que minutos antes se sentía tan cómoda y toda la ropa que me había puesto para el frío y la lluvia hacía en mi cuerpo un efecto sauna, ya no sabía si estaba mojada de lluvia o sudor, pero mojada estaba y mucho. La subida se me hizo larga, iba a paso afanado y con el corazón agitado, más por la emoción que por el esfuerzo. Llegué, y contrario a lo que pensaba, la mayoría del grupo iba detrás mío, éramos solo 4 personas allí, listos para ser los primeros en entrar. Por fin habíamos llegado, pero era muy temprano y las montañas aun no habían despertado, seguían cubiertas por la densa niebla del amanecer.
Desde las terrazas más altas, temblando de frío, aun con la ropa mojada y calmando el hambre con lo que teníamos, esperamos pacientes hasta que el imponente Huayna Picchu y las ruinas a sus pies aparecieron lentamente tras la cortina de nubes y un tímido arco iris que le acompañaba.

Como todos los viajes, valió la pena haber caminado 5 días en compañía de 20 personas por las increíbles montañas andinas aguantado frío y lluvia. Creo que para todos fue mucho más fácil de lo que esperábamos. No fue el Camino Inca, pero paso a paso por los caminos de Salkantay llegamos a Machu Picchu.
¡Tiempo sin leerte y viajar desde tus reseñas! Un abrazo.
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