Ya pasó un año y los detalles se olvidaron… Aquí un par de historias viajeras para compartir.
UN ARROZ SIN “ZORRO”
El segundo día de viaje llegamos a Jindrichuv Hadrec (República Checa). Habían sido 98km y moríamos de hambre. Llegamos al apartamento alquilado y la dueña nos dio la carta de un restaurante para pedir comida a domicilio, pues estábamos lejos del centro de la ciudad. No entendíamos casi nada de la carta, así que empezamos a descifrar a punta de traductor. Para facilitar la comunicación, nos consiguieron alguien que hablaba español y nos iba a tomar el pedido. Andrea pasó al teléfono para decir qué queríamos. Ella tenía una extraña petición para su plato, quería el arroz con vegetales pero que por favor no tuviera zorro. ¿Zorro? Eso fue lo que nos dijo el traductor y ni se nos ocurrió pensar que probablemente el zorro no se come.
PABLA Y JOSEPH
Fueron nuestros primeros anfitriones. En aquél pueblo de la nada fue el único lugar que encontramos para dormir tras una larga negociación a punta de dibujos y señas. Pabla y Joseph, dos viejitos Checos, estaban encantados de recibirnos en su posada y a pesar de los evidentes problemas de comunicación insistían en contarnos parte de su vida. Esa mañana en el desayuno quiso hablarnos de sus hijos, así que nos mostró una foto y como en un juego de mímica empezó a relatar una historia. No entendíamos nada, así que simultáneamente empezábamos a traducir inventando historias algo fantasiosas. Al final nuestra versión de la historia tenía que ver con náufragos y submarinos en América, seguro estaba muy lejos de la versión real.
No éramos los únicos ciclistas de la casa, para nuestra sorpresa Pabla, a pesar de sus más de 80 años, también tenía una bicicleta y no podía dejar pasar esta oportunidad para mostrárnosla.

(María) Paula y José, al igual que Pabla y Joseph algún día tendrán un hostal. Fue quizás una señal prematura del azar.
GARRAPATAS HUNGARAS
Györ fue la primera ciudad húngara donde llegamos. Emocionados y muy cansados, después de una cerveza buscamos un lugar donde quedarnos, al ser una ciudad pequeña no había tantas opciones así que escogimos pronto un hospedaje más bien casero. Ese día mis energías solo me dieron para cenar y dormir, preferí no acompañarlos a ellos a una última cerveza, así que fui directo al hotel y caí muerta. Al rato llegaron ellos y vieron en mi algo raro, yo dormía profundamente y unos pequeños bichos caminaban por todo mi cuerpo. Andrea intentó levantarme para que me los quitara pero mi cansancio era tanto que no me importó y preferí seguir durmiendo, ella me los empezó a quitar uno a uno. Mientras tanto Arnau, un poco preocupado, solo decía: -Andrea qué hacemos!! Yo no sé cómo manejar esos bichos del trópico, has tu algo!!. -No estamos en el trópico, decía ella, y yo continuaba durmiendo. Al llegar a Colombia descubrimos que aquellos bichos se llamaban chinches de cama, pues pocos días después Andrea tuvo la mala suerte de volverlos a encontrar en la cama de un hotel en Antioquia.
LOS NOVIOS ESLOVACOS
Una de nuestros días en Eslovaquia el camino resultó más largo de lo que pensábamos, se hizo de noche y no encontrábamos un pueblo dónde dormir, los pocos pueblos por dónde pasábamos eran fantasmagóricos, así que tuvimos que seguir pedaleando hasta encontrar un pueblo donde dormir. Llegamos y nos metimos al primer lugar que vimos, no lucía muy agradable, era una nube de tabaco y había mucha gente bebiendo, era casi una taberna. Sin embargo entramos y negociamos hospedaje sin saber lo que nos iban a ofrecer, estábamos preparados para lo peor, no teníamos mucha opción a esa hora y habíamos pedaleado 112km ese día. Así que un robusta y rubia mujer nos llevó adónde nos quedaríamos. Para nuestra sorpresa era un pequeño y acogedor apartamento con varias habitaciones independientes, un lugar completamente acogedor, nada que ver con lo que sucedía en el primer piso del lugar. Felices, sacamos energía no sé de dónde, y decidimos cocinar y tomarnos unos tragos. Tomamos un vino, otro vino y de repente llegaron otros huéspedes, dos hombres eslovacos con quienes no podíamos comunicarnos, pero no fue necesario hablar el mismo idioma, de hecho no fue necesario hablar, pues terminamos enfiestándonos el resto de la noche con ellos, a quienes Allain denominaría después, los novios eslovacos.