Guatemala
Flores – Santa Helena – Tikal – Antigua – Atitlán – Panajachel – San Marcos – Chichicastenango – Ciudad de Guatemala
Reynaldo conducía hacia la frontera entre México y Guatemala a las 6am, después de salir de Chato´s Cabañas en Palenque, donde habíamos dormido la última noche. Yo iba adelante con él, atrás muchos otros extranjeros que también querían cruzar al vecino país. Al principio su actitud era bastante tosca conmigo, incluso me dijo que en la frontera nos cobrarían 300MXN por cruzar, yo por supuesto indignada le dije que eso era ilegal, que en ninguna frontera terrestre en el mundo cobraban, él argumentaba con leyes un poco inventadas. Pero después los ánimos se calmaron, llegamos a la frontera del lado mexicano y nada nos cobraron, pues así debía ser, y Reynaldo y yo terminamos de amigos. Sin embargo más adelante, en la frontera Guatemalteca si nos cobraron, muy poco, pagamos sin decir nada, pues siempre evito a toda costa pelear en cualquier oficina de inmigración, este cobro no era legal pero claramente era legítimo allí.

Todas las fronteras de México tienen muy mala fama, nosotras investigamos antes de escoger la frontera y finalmente todas parecían ser la misma cosa, robos, secuestros, mafia, asesinatos y demás. Pero nada de esto nos encontramos, cruzamos tranquilamente de ambos lados. Una vez cruzamos inmigración mexicana teníamos que tomar una lancha que nos cruzaría el río al lado guatemalteco. Minutos después llegamos al otro lado, de ahí teníamos que tomar un bus que nos llevaría a la ciudad más cercana, Flores. Entramos caminando a Guatemala, hermosa sensación, y al rato tomamos el bus, a primera vista pequeño y precario. Empezamos a andar por una trocha llena de cultivos de maíz y a recoger gente, más adelante pasajeros de un bus varado, hasta que el bus se convirtió en una chiva, no cabía un alma más, y literalmente, hasta en el techo iban personas. Pero lo mejor fue que nadie se quejó, todos entendimos el necesario gesto de solidaridad, pues de no recoger a esas personas se hubieran quedado ahí quien sabe hasta cuándo. Lo tomamos con la mejor actitud, algunos optaron por bajar del bus por la ventana (única opción para quienes estábamos allí atrapados).

Huele a Flores

Muchas horas después logramos llegar a Santa Helena y Flores (ciudades separadas por un puente). Después de sobrevivir a los intensos vendedores que ofrecen tour a Tikal, llegamos al Hostal Los Amigos, un hostal divino con un restaurante buenísimo que ofrece mejor comida y mejores precios que el resto de la ciudad, recomendado 100%. Flores pintaba muy bueno desde el principio y así lo fue, esa pequeña isla sobre el lago es un lugar perfecto para entrar a Guatemala.
El gancho de Flores es Tikal, unas de las ruinas Mayas más impresionantes de Centroamérica, esa es la fama que tienen y así es. Están en la mitad de la selva y el plan es irse de madrugada, cuando aún no sale el sol para ver el amanecer desde allí. A las 3am salimos para las ruinas, en las tinieblas caminábamos y subíamos unas escaleras sin saber adónde íbamos; cuando llegamos la sorpresa no fue normal, estábamos en la cima de una pirámide Maya, con una panorámica de las ruinas y el amanecer. Lamentablemente no pudimos ver el amanecer, pero el sonido de los monos aulladores retumbando entre pirámides fue la mejor recompensa. Tikal es un must de Guatemala, es mucho más lindo que algunas ruinas en México, allí se combina la selva, los animales y las ruinas en un perfecto escenario.

Ella y yo

La atracción hacia el otro, hacia lo diferente, es algo de lo que siempre se habla en antropología. Saliendo de Tikal me encontré con un grupo de locales que venían en dirección opuesta, entre todas estas mujeres con sus hermosas y coloridas faldas, venía una pequeña de unos 10 años, a la distancia nos miramos, ella parecía una muñequita con sus trajes, yo parecía quizás muy extraña para ella, con mi corto short, gafas y botas. Con cada paso que dábamos más nos gustábamos, finalmente nos cruzamos, giramos nuestras cabezas la una hacia la otra y sonreímos como cómplices al darnos cuenta que las dos hacíamos lo mismo. Momentos imperceptibles y bonitos.
Comiendo gratis
Los guatemaltecos son muy amables, siempre dispuestos a compartir algo de su comida. Una mañana en Flores nos llamó la atención un armadillo que se asaba en la parrilla de una casa, así que nos acercamos y la señora al vernos extranjeras decidió convidarnos de la receta local. Entró a su casa, sacó tortillas, limón y unos trozos de armadillo.

Al día siguiente estábamos en la playa de la laguna en Flores, dónde en realidad no había playa, pero si habían varias familias en plan de domingo, aunque quizás no era domingo. Nosotras llevábamos nuestra propia comida, pan, queso, tomates, cervezas y algún enlatado que nos salvaría el almuerzo. En esas me dio por inspeccionar la playa y me encontré con una familia que tenía mucha comida, me acerqué a preguntar qué comían y salí con un tamal; estas personas nos brindaron de su comida, un buen gesto de generosidad que suele repetirse entre latinos.
Antigua la igualable
Ya sabía que Antigua Guatemala no tenía más encanto que sus casas y calles coloniales, nada que no tenga Colombia y sus países vecinos, sin embargo teníamos que parar allí por cuestiones de distancia. Efectivamente Antigua es una ciudad más de calles empedradas, no encontrábamos qué hacer, eran puras tiendas, hostales y artesanías. Andrea ya se estaba desesperando, Dani y yo nos la tomábamos con calma como siempre. Lo mejor que encontramos allí fueron los Chickenbus, un transporte local bastante exótico, y la plaza de mercado donde comimos los deliciosos típicos locales: Pepian de res con salsa de chiles y pepitoria, acompañado de un consomé que ya traía el arroz adentro, gran invento para una fanática de las sopas como yo.

En Antigua descubrimos que Ricardo Arjona es Guatemalteco [el recuerdo llega a mi mientras escribo este post en un bar de Puerto Carreño – Vichada, donde un chef italiano enamorado de las canciones de Arjona no hace más que comentarlas], pues sí, estábamos en la tierra de Ricardo Arjona, dato irrelevante para aquellos que NO somos seguidores, pero la gente allí lo escuchaba y orgullosos mencionaban el pueblo donde había nacido. Así que pensé, que triste es tener tan pocos referentes de este increíble país, lo que para ellos era un referente valioso para nosotras no era más que un dato sin mucho valor.
Atitlán
El lago Atitlán y sus pueblos son un alienígena social. En varios de los pueblos de la zona los locales hablan español con un marcado acento extranjero, han aprendido recetas foráneas como bagels, falafel, tamales vegetarianos y “banana bread”, incluso algunos locales pasan de un idioma a otro (español – inglés) con total naturalidad, como doña Anastacia, una vieja mujer indígena que tras decirme su nombre, con la naturalidad del caso suelta un: and you?
Particularmente Panajachel, el más famoso de todos los pueblos, es un Gringotown, llenísimo de adolescen

tes extranjeros en busca de la rumba loca. Afortunadamente zafamos de ahí, pues habíamos decidido quedarnos en San Marcos La Laguna, así que cogimos una lancha que iba en contra de la marea y parecía la Torre de Babel, yo no sabía si coger el plástico para no mojarnos, mi maleta o las botellas de champagna que le cargaba a una “gringa” que iba de pie. Fuimos dejando a pasajeros en diferentes islas hasta que llegamos a San Marcos, un pueblo bien tocado por los asentamientos de extranjeros pero mucho más tranquilo que otros, definitivamente una buena opción.
Allí nos esperaba La Posada Shumann para cerrar el año, y que buen lugar para terminar un buen año y un buen viaje. Pequeñas cabañas al lado del lago, con unos anfitriones demasiado atentos, sauna, kayaks y clases de yoga. No puedo recordar cuanto costó esto, pero si puedo asegurar que fue demasiado barato, jamás pago un hospedaje caro a menos que me vea obligada a hacerlo por falta de opciones, pero este era un lugar 5 estrellas completamente accesible, incluso para nuestro devaluado peso colombiano.


Este lago tiene de fondo un volcán, al que esperábamos con ansias poder subir al día siguiente, pues una vez uno está el punta la vista es brutal, se ve el lago y todas sus islas.

Era 31 de diciembre y no teníamos mayor plan que comer y dormir después de dar la vuelta a la manzana, pues esa es la tradición más arraigada en mi, he dado la vuelta a la manzana en puntos extremos como Orlando, Barcelona, Ushuaia, Ecuador y claramente ha funcionado, es la fórmula infaltable que determina el destino del año que viene. El caso es que esa noche empezamos a ver que los locales se dirigían hacia un lugar, van a La Muni, nos dijo un niño, y a La Muni nos fuimos tras ellos, en plena Romería sin saber qué era lo que seguíamos, pura curiosidad. Allá llegamos, mientras los hombres de la comunidad se reunían en un salón, donde discutían en lengua (al parecer temas importantes), las mujeres se sentaban afuera a tomar una bebida ligeramente alicorada que ofrecían en bandejas. Nosotras, muy apropiadas de la situación tomamos, o más bien tomé, la bebida que ofrecían y nos metimos a la reunión de hombres, únicas mujeres y aparte de todo turistas, aunque no parecíamos extranjeras, pues fuimos bien recibidas y hasta nos nombraron en el discurso. Yo estaba encantada en el lugar, pero Andrea y Dani me obligaron a salir, pues no entendíamos lo que pasaba y ya el encanto se acababa para ellas.
Afortunadamente

la noche apenas comenzaba, bajamos y la fiesta se prendía en la cancha cubierta, un grupo musical amenizaba la noche pero todos muy tímidos observábamos desde la silla. En un momento decidimos empezar a bailar, sonaba algo similar a una cumbia tipo chilena de esas que después de odiarlas en Chile ahora tanto me gustan. Terminamos bailando con las adolescentes locales, por supuesto muy a las 12, después del infaltable ritual, nos fuimos a dormir, pues mi energía nocturna nunca da para tanto.
Entre Nahuales y colores
El primero de enero muy temprano nosotras tres, seguramente las únicas que no nos habíamos enfiestado la noche anterior, buscábamos quien nos llevara a Chichicastenango, pueblo donde fue encontrado el Manuscrito del Po Pol Vuh y que actualmente tiene uno de los mercados artesanales más interesantes del país, tan colorido como el particular y encantador cementerio del mismo pueblo, donde cada tumba es de un color diferente, según los locales cada persona al momento de nacer tiene un Nahual que a su vez le asigna un color y es ese el color que tendrá su tumba, por eso el cementerio es hermosamente colorido.

Y este fue nuestro último destino, aunque pasamos el último día en Ciudad de Guatemala, de donde salía nuestro avión, con una sensación de inseguridad constante que me hace creer que es solo un lugar de paso.
***En un principio el plan era ir solo a México, pero solo faltó mirar un mapa para querer cruzarme a todos los países fronterizos, a Belice no podíamos cruzar porque nos pedían visa gringa y una de nosotras no la tenía, pero a Guatemala si teníamos que ir, pues nos tenía muchas sorpresas guardadas. Centroamérica es todo un mundo por descubrir, no es solo México y las playas de Panamá, entre punta y punta hay miles de tesoritos. Guatemala es un destino recomendadísimo, no es tan barato como uno pensaría, de hecho es un poco más caro que México, pero tiene lugares increíbles que generalmente no están en nuestro mapa cuando pensamos en viajar. Atitlán y Flores hacen que valga la pena ir a este país, así que si está en México atrévase a cruzar la frontera que seguro no se arrepentirá.

Una respuesta a “El mito de la frontera”