Morning Morning Days – Trinidad y Tobago

Puerto España – California – Tunapuna – Chaguanas – Curepe – Tobago

A este lugar nunca hubiera ido por cuenta propia, por lo menos no en un futuro cercano, pues como dice Jose, todo viaje debe tener un propósito, y Trinidad y Tobago es un lugar que definitivamente uno debe visitar con propósito. Yo tenía varios, el primero era ver a Jose a quien no veía hace un par de meses, el segundo era estar en la celebración del año nuevo hindú en Trinidad, y el tercero ir a un Foro de Cambio Climático.

Me armé unas vacaciones de un momento a otro y a un destino más bien particular. Una vez decidimos que iría, compré los tiquetes sin pensarlo mucho y días después Jose me contó que dos días antes que yo llegara, se celebraría allí el Divalli (año nuevo hindú), la idea de perderme esa celebración no me dejó dormir por unos días, así que un domingo amanecí con loca determinación, llamé a las aerolíneas y cambié mis tiquetes, ni siquiera le pregunté a Jose, asumí que él iba a estar de acuerdo con tenerme más días allá, y así fue. Por supuesto tuve que pagar las correspondientes penalizaciones a las aerolíneas, pero pude alargar mi estancia allá y estar para el Divalli. Fue una buena decisión.

Esa tarde llegué al aeropuerto de Trinidad, más bien sencillo y pequeño, y al llegar a inmigración me encontré con una fila gigante, conté aproximadamente 100 personas delante mío, el tiempo corría y la fila no se movía. No podía hacer nada (nada más frustrante que una fila larga en inmigración y uno pensando que lo están esperando afuera), yo solo quería salir rápido para ver a Jose y esa larga fila estaba jugando con mis sentimientos. Finalmente me demoré menos de lo que pensé, por fin salí y ahí estaba él, parado con un letrero de esos que dicen tu nombre, sólo que éste no decía nada, era solo un letrero en blanco.

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Divalli

Por fin llegó el día, había esperado varias semanas esto, ya había visto videos, fotos, había leído… en fin, estaba totalmente emocionada. Llegamos a mediodía a casa de Leanna y Fabio, con quienes pasaríamos Divalli. Allí estaba Bryan (un marinero de Utah). Ese sería nuestro parche Divalli. Lo primero era ir a almorzar con la familia hindú amiga de Leanna que nos había invitado a la celebración. Sonaban mantras cuando llegamos a su casa y lo primero que vi en

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la cocina fue un montón de recipientes con comida, nos dieron un plato a cada uno para servir lo que quisiéramos, Jose y Bryan se sirvieron unos platos descomunales que casi no terminan de comer. Había garbanzos, arvejas, mango, champiñones, berenjena, ahuyama, coliflor; todo cocinado con muchas especias. En la mesa nos pusieron roti (una especie de tortillas) para comer lo demás, todo estaba increíblemente rico, después nos dieron dulces y Diyas (velas típicas) de Divalli, y hasta comida para llevar. Ellas, definitivamente las mejores anfitrionas, mejor imposible.

De ahí salimos a visitar los templos hindúes, yo iba en short, pero afortunadamente llevaba en mi maleta la pijama de Jose – un trapo grande que un día su hermano le trajo de Bali y que él

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usa como falda/pijama-. Así que él me lo puso como falda para cubrir mis rodillas, pues era necesario para poder visitar los templos. Fuimos a varios, y aunque todos lucían como el Taj Majal del Parque Jaime Duque, eran super bonitos, tenían dioses, elefantes, velas y ofrendas. Ese día llovió mucho, de hecho llovió desde la tarde que llegué. Fuimos a Felicity, el barrio más popular en Divalli, pero la lluvia no dejó que la gente saliera a prender luces. Así que decidimos buscar una cerveza mientras escampaba, pero allí no vendían cerveza en las tiendas, entonces a Bryan se le ocurrió meterse a una casa de unas personas que estaban tomando, y allí nos quedamos bebiendo por un par de horas, después ellos sacaron una botella de Coca Cola 2lt que contenía una bebida rosada y espesa, ellos la llamaban «Pink Pussy», y era algo así como una piña colada rosada. Cuando Jose vio eso, se le ocurrió hablarles de la bici-licuadora, y él que es el más encantador y culebrero, tuvo a 6 manes alrededor suyo, todos con la boca abierta escuchando cómo construir una bici-licuadora para preparar «Pink Pussy». Eso es tener talento.

Como nunca escampó, regresamos a la casa de Leanna y Fabio y jugamos con fuegos artificiales que Bryan había comprado, cuando se acabaron, quemamos las señales de humo del barco, cuando se acabaron nos tocó entretenernos con las linternas de los celulares, y así estuvimos el resto de la noche, muertos de la risa haciendo fotos con luces, el plan más tonto y divertido para una noche de lluvia.

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Orden – Des-orden

Las personas que han estado en este lugar, dicen que es difícil de describir, pues es una mezcla de culturas; negros, indios, unos cuantos latinos y algunas costumbres que reflejan su herencia inglesa. Empezando porque manejan del lado izquierdo y tienen un acento anglo-caribeño que tantas veces me costó entender. La arquitectura también es una mezcla inglesa y caribeña (como la de San Andrés), y tienen un orden que

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a veces luce como des-orden. El transporte es un ejemplo de esto, no existen taxis, solo maxis (taxis colectivos) y taxis (buses), todos paran en cualquier lugar pero tienen unas rutas fijas. Nadie puede ir de pie en los buses ni pararse antes que éste se detenga, por lo tanto los conductores solo paran si tienen cupo, de lo contrario hay que esperar al siguiente y así hasta que llegue uno con cupo. Lo particular de esto es que funciona, no sé cómo, pero aparentemente resultan suficientes para transportar a todo el mundo. Me costó mucho entender el transporte, sentía que me bajaba de uno y me subía a otro y así. Creo que nunca en mi vida había cogido tantos transportes en tan poco tiempo: 7 días/ 7 aviones / 1 barco/ más de 30 transportes terrestres.

También en la estación de ferry hay un orden totalmente definido, la gente entra a la sala de espera y se sienta en orden de llegada, de modo que al subirse al barco lo hace en el mismo orden, y teniendo en cuenta que no hay puestos asignados, esta lógica parece bastante justa, pues los primeros que llegan se suben primero y escogen el mejor puesto.

Estos triniteños son bien estrictos con sus reglas, más de una vez nos regañaron: «no puedes estar ahí parado, no puedes sacar la cámara aquí, no puedes pararte antes que el bus se detenga, no puedes medirte más de un vestido». El caso es que así funcionan, no es precisamente ordenado, pero es su orden.

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A primera vista es un país del tercer mundo, así luce, incluso llega a lucir pobre, pero no lo es. T&T es un país con mucho petróleo, mucha plata, agua potable, educación y salud gratis, de hecho es el país más rico de América Latina y El Caribe, pero a simple vista no se ve el dinero, supongo que lo invierten en cosas más importantes que en museos, pues el museo nacional (único museo en Puerto España) es bastante precario y escueto.

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Una última particularidad de este lugar. Recuerdo que cuando fui a París lo primero que vi fue que la gente llevaba baguettes debajo del brazo, obviamente me llamó la atención. Aquí lo que vi fue que la gente lleva cajas de icopor todo el tiempo, pues este lugar es el paraíso del icopor, siempre siempre te sirven en icopor, sea para llevar o para comer ahí, toma tu caja/vaso de icopor. Todo un reto ignorar esto, pero tocaba comportarse según las reglas del lugar; cuando algo no me gusta Jose me dice en tono de regaño: «Aquí la antropóloga eres tu!!!» sugiriendo que debo comprender y aceptar TODO lo que esté a mi alrededor, pues «la cultura no se cuestiona», dice él ;).

Tobago, «Lime» and «Wining» nights

Aunque la playa no es lo que más me gusta, nos fuimos para Tobago. Decidimos ir en ferry y regresar en avión, extrañamente los dos transportes eran baratos y queríamos montar en barco, pues yo nunca me había subido a un barco grande. Ese viernes estuvimos toda la mañana en el foro de cambio climático, donde Jose fue expositor como parte de CYEN.

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Foro de Cambio Climático

El itinerario estaba muy justo, pues teníamos que salir de ahí e ir corriendo a la estación de ferry para estar dos horas antes de la salida del barco. En teoría habíamos dejado las maletas listas en la casa y solo era recogerlas y salir, pero eso fue solo la teoría, en realidad terminamos metiendo todo al final, y teníamos que atravesar la ciudad. Quedamos en el grupo 3 (en orden de llegada a la estación del ferry), por lo que cuando nos subimos al barco ya no había ventanas para escoger. Jose y yo no teníamos ni idea de cómo iba a ser el viaje ni el barco, apenas entramos nos encontramos con un Titanic (en realidad no tanto) de dos pisos con unas super sillas, mesas, y hasta casino de comidas adentro, era mucho más de lo que esperábamos, pues finalmente habíamos pagado la clase económica.

El barco arrancó y todo era maravilloso, íbamos de lo más tranquilos leyendo un libro, hasta que el barco cogió velocidad y ya no fue tan divertido, el mareo no se hizo esperar, nos tocó hacer todo lo posible por dormir, la gente empezó a pararse en busca de bolsas, yo encontré mi punto de equilibrio y pilotié el mareo, pero Jose vomitó hasta el alma. Fueron 3 horas de viaje y un panorama de rostros pálidos que buscaban dormir a pesar del calor.

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Durmiendo el mareo
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Wining

Ya en tierra firme el ambiente isleño no se hizo esperar, cruzamos la calle y nos metimos al primer lugar que vimos, donde hombres y mujeres se movían al son de las notas caribeñas. Por supuesto la gente empezó a hablarnos y hasta Jose terminó bailando con los borrachos. De allí salimos pronto porque necesitábamos un lugar donde quedarnos, antes de encontrar uno pasamos por bares y cenamos un delicioso pescado servido por supuesto en caja de icopor, hasta que encontramos el lugar. Lucía como un motel gringo de carretera, allí vivían al parecer personas mayores que se reunían en la tarde a hacer tertulia. Era lo único que había relativamente barato, pues este lugar es un poco caro.

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El plan era salir de fiesta esa noche, o en lenguaje triniteño «Go lime». Así que nos fuimos a buscar la rumba, de bar en bar, pero nada estaba muy movido, nada era como la rumba en la que un par de horas antes habíamos estado frente al puerto. Allí eran pocos los que bailaban, hombres y mujeres con sus mejores y sexys atuendos, se movían tímidamente desde sus sillas. Nosotros intentábamos bailar, también tímidamente mientras se prendía la fiesta. Así fuimos de un bar a otro, hasta que llegamos donde ya el Lime estaba prendido. Ahí nos enseñaron una práctica bastante local: el Wining. Si uno lo busca en Google puede salir una traducción como: «sexy caribbean dance», y es precisamente eso. Aunque cueste imaginarlo, yo estaba haciendo «Wining», eso si, lejos de verme sexy más bien me veía un poco ridícula al lado de estas voluptuosas negras que sí saben lo que es mover sus caderas. Todo el mundo quería enseñarnos a hacer Wining y lo intentamos, y ahora que lo pienso esto no es algo nuevo para Jose, de hecho desde antes de conocer este término, él ya practicaba ese paso en todas las fiestas.

Esa noche hicimos varios amigos y hasta salimos con invitación a un matrimonio en diciembre. El siguiente día fue playa, brisa, cerveza y mar.

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Doubles, all the time, everywhere

Doubles fue la primera palabra que Jose aprendió en T&T, desde que llegó no paró de hablarme de eso, hasta escribió un post con este mismo título. La misma noche que llegué salimos a comer las famosas doubles. No sabía como comerlas, mi intuición me decía que se comían como burritos, así que quise enrollarlas y meterles un mordisco, pero de inmediato me detuvieron. Ahí aprendí que se comen con la mano, como la comida india. Con solo un bocado entendí su obsesión, pues son deliciosas, todos los sabores de india sobre una tortilla con garbanzos, pepino y mucho picante.

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Él ya me lo había dicho, haríamos tour de comida callejera, probaríamos la comida de los carritos, entre sus recomendados estaban los «Doubles» y los «Chicken Foot Souce», estos últimos son básicamente un ceviche de patas de pollo, las sirven en un vaso de icopor y uno las va sacando y repelando, como quien repela los huesos del pollo asado. Poco me gusta chupar huesos de pollo y tengo mis reservas con las patas de estos animales, pues creo que tienen que ver con mi ornitofobia, sin embargo cuando se trata de probar cosas me pongo más valiente. Me comí más de una y debo aceptar que estaban muy buenas, pues esta gente sazona como los dioses.

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Comimos cantidades de cosas, desde frijoles hasta sándwich de tiburón, todo es picante, algunas cosas demasiado, incluso para quienes nos gusta «enchilarnos». La gente fue increíble, demasiado amables, nos recibieron en sus casas e incluso me recogieron y llevaron al aeropuerto, buena onda, buenas intenciones, mejor dicho… un amor. Una semana después regresé, más cansada de lo que me fui, con el cuerpo enchilado y la cámara llena de garbanzos.

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