Hace unas semanas Sebastián terminó su viaje por Colombia, recorrió casi todo el país durante 2 meses y ahora es la envidia de todos los chilenos. Él es el segundo invitado y aquí va la primera parte de su viaje.
Colombia es un destino lleno de mitos, para bien y para mal, mi propósito era descifrar qué tan reales eran y la única forma de lograrlo era recorrer su loca geografía. Si te preguntan ¿qué es lo mejor de Colombia? La respuesta es “su gente” y ¿cuál es el riesgo? “el riesgo es quedarse”, bueno eso es ultra cliché, así que diré que lo mejor de Colombia entre otras cosas son sus jugos de fruta, los probé todos y mucho mejor es la conversa que se forma cuando se pregunta por el preferido de cada uno, e
l mío es el de guanábana con leche, es la felicidad hecha jugo.
Fueron dos meses lo que planifiqué para ir desde Cartagena-Ipiales-La Guajira y en el camino ver qué destinos surgían, lo único seguro era: conocer Macondo y reencontrarme con las tres Marías (Paula, Viviana y Catalina) que en un tiempo atrás habían vivido en Santiago, mi ciudad.
La primera parada fue Cartagena de Indias, no quería ser el típico turista con mapa y cámara, así que dejé mi mochila en el hostel y cogí una bici pa´ recorrer la ciudad amurallada, y claro, me perdí en ese laberinto de casas de mil colores y vendedores de un cuanto hay. Pa´ almorzar Mapis me había recomendado ir a “Donde Socorro”, era algo costoso pero deli, un plato de robalo con patacón y arroz con coco es un must si estás en el Caribe.
Como mi vuelo de vuelta a Chile salía de esta ciudad, preferí viajar a Medellín, a veces en distancias largas en Colombia es mejor tomar un avión que un bus, los precios varían muy poco y lo primordial en un viaje es el tiempo.
De Medellín impresiona lo organizada que es, tiene un servicio de metro excelente, es la columna vertebral de la ciudad con un metro cable que llega hasta algunas comunas, si, a esas mismas de donde era Rosario Tijeras, la femme fatal colombiana. El Parque Arvi, el Jardín Botánico, las esculturas de Botero y el museo de Antioquia son una parada obligatoria pa quien va a Medellín, destaco que hay una escultura que refleja el trágico pasado de esta ciudad, la figura de una paloma que se hizo añicos con la explosión de una bomba en tiempos no tan lejanos, cuando el terror cubría Medellín, hoy la ciudad crece y trata de superar ese pasado cuya memoria late entre sus calles.
En Bogotá me esperaba Vivis, fue la primera de las tres Marías con la que me reencontré, nos fuimos de rumba a la “zona T” y debo decir que me impresionó lo temprano que empieza la fiesta, a las 10:00 pm todo era fuego, mantenlo prendido, fuego no lo dejes apagar! Al día siguiente paseamos por el centro histórico, donde se encuentra La Candelaria, que es un barrio antiguo que permite tomarse tranquilamente un jugo de feijoa y escaparse del bullicio capitalino. Luego visitamos el Museo del Oro, un lugar que brilla y encandila con su muestra cultural, con un pedacito de El Dorado en medio de la ciudad.
En la capital, estuve más de una vez, junto a Mercedes y Alberto (padres de María Paula, la anfitriona de este blog), María Angélica, María Catalina y Milena (si, muchas chicas colombianas son llenas de gracia, cual virgen María), junto a ellos visité muchos lugares y lo pasé increíble, entre los imperdibles de Bogotá se encuentran: descender a la Catedral de Sal en Zipaquirá, subir el Monserrate y recorrer todo Bogotá en Transmilenio (jamás después de las 17:00, hora del trancón).
Siguiendo el viaje, llegué a Manizales, primera parada del eje cafetero, esta ciudad y sus alrededores tienen un encanto particular que hace que todo viajero se quede más días de lo planeado.
Por estos lares, me sucedió una historia muy simpática, queriendo ir a Finlandia, un pueblo cafetero, tomé el jeep pao que iba a Filadelfia, otro pueblito de por ahí. En el camino paré a tomar una cerveza y mi acento me delató, uno de los hombres del bar se levanta de su mesa, me abraza y empieza a contar que en Chile lo habían tratado muy bien y que quería devolver la mano invitándome a tomar un caldo de pescado en el río Cauca, y claro,
me uní al grupo de paisas. Lección: jamás se suban a un auto con desconocidos a menos que canten Puerto Montt de los Iracundos y digan que son gente buena. Llegamos al río, todo el mundo saludaba al buen hombre, comimos rico y yo ya quería volver a
Manizales, mas no, el patrón quería que conociera su tierra natal, Risaralda, y claro no podía negarme, fuimos pa´ allá a tomarnos unos guaros y me contaban de todos los lugares que ellos conocían por sus “negocios”. Ya cuando se hacía de noche, les dije que sí o sí debía volver a mi hostel, el gentil hombre llama a un amigo suyo quien me lleva a Manizales y al despedirme me dice: Sebastián cualquier cosa, si alguien me lo molesta, usted tiene mi número, a buen entendedor… Y esa es la historia de los traquetos gente buena.
Al siguiente día, me dispuse a conocer una hacienda cafetera, la elegida fue la Hacienda Guayabal en Chinchiná, muy familiar y en donde te explican todo acompañado de un rico café en grano, luego visité el Recinto del Pensamiento con sus mil colibríes y orquídeas, esperé los atardeceres de Chipre, subí al mirador de la Catedral y como no, conversé con la gente de Manizales que es muy querida.
La ruta siguió por Pere
ira, ciudad comercial cuya zona rosa es una calle con varias cuadras con pub y lugares para bailar, ahora, si lo que buscas es algo más autóctono, se puede visitar el pueblo de Santa Rosa de Cabal, allí puedes montar en chiva y partir a las aguas termales que curan de todo mal.
Más al sur, se encuentra Salento, pueblo cafetero muy lindo, pero demasiado turístico. Desde la plaza salen el jeep pao para el Valle del Cocora, en el camino conocí a Greg y Steffi, un australiano y una suiza, una pareja muy amable con quienes recorrí ese paisaje único de palmas por doquier. Como es habitual entre los viajeros se juntan para hacer ruta, tanto ellos como yo teníamos que viajar al sur, así que al día siguiente emprendimos viaje a Armenia, Popayán, Ipiales, para luego cruzar la frontera al Ecuador.
Si para un Chileno los precios en Colombia resultaban bajos, en Ecuador lo eran mucho más, desde Tulcán a Otavalo pagamos por el viaje en bus no más de 3 dólares y era un viaje de 5 horas! (viajar por Ecuador es baratísimo). En Otavalo se nota un orgullo por lo indígena y su mercado es increíble, en él encontré un cargamento de llamas (pequeños llaveros con forma de este simpático animal andino), que repartí a cada compañero de viaje que encontraba en el camino.
En Quito conocí a Floriane y Cedric, dos físicos franceses, con quienes visité Quito y desmitificamos a un charlatán que decía que por 4 dólares nos probaba dónde estaba el centro del mundo con la prueba del huevo.
Ecuador es un país precioso, traté de visitar todos los lugares que María Paula recomienda en este blog, pero me tocaba juntarme con mi amiga en Cali, así que queda para otra ocasión recorrerlo a más no poder.
De vuelta en Colombia, había que preparar el gran encuentro, así que una vez en Cali y ya dejando mis cosas en el hostel, cogí cualquier bus que me dejara en un supermercado, sorpresivo fue cuando el chofer del bus impide que dos jóvenes que venían detrás mío se suban a la máquina, entre dimes y diretes el chofer los amenaza con una cruceta y ellos terminan bajándose, cuando el bus acelera, me miran y dicen: “te salvaste porque te queríamos robar”, esa fue mi bienvenida a Cali, que es una ciudad insegura, pero igual todo depende donde te metas y con quien andes.
Antes de encontrarme con María Paula, conocí a Cesar y Jorge, dos chilenos muy simpáticos que me invitaron a fumar por allí, así que fuimos al barrio San Antonio, el drama fue que se acercaba la hora de encontrarme con mi amiga y el efecto espiritual aún duraba, todo alrededor cambiaba de dimensiones y cuando María me llamó por celular para avisarme que había llegado al hostel, salí por los pasillos del recinto, dicen que es delirio de persecución, ni idea, solo sé que nuestro encuentro fue muy jocoso y terminam
os cenando el plato que compartimos el día que nos conocimos en Buenos Aires y tomándonos un vino chileno para celebrar nuestro aniversario.
Como las horas estaban contadas en esta ciudad, con María salimos temprano a realizar la ruta de Caicedo, nuestro escritor favorito a quien amamos con locura. Fuimos al restaurante donde merendaba, al apto donde se quitó la vida a los 25 años, al cementerio a dejarle un clavel rojo y recorrimos los teatros y cines que frecuentaba el atravesado joven caleño.
Frente al río Cali tomamos lulada y jugo de chontaduro, a la tarde nos preparamos tomando clases de salsa para romper la pista de baile, sin embargo, al llegar a la salsoteca me dio pena chilena (tristeza) y colombiana (vergüenza) al constatar que sólo alguien nacido en la sucursal del cielo podía bailar con la gracia de esas negras y negros que desafían la gravedad con sus sensuales pasos, pero con un par de cervezas al final todos terminamos bailando al son de Lluvia con nieve en Cali.
El encuentro express en la ciudad de la salsa, era solo un avance, pues la historia de nuestro reencuentro tiene por escenario la tierra caliente de Yopal…
Vo.12MA14 – Escrito para el Blog http://mochiliandobyyourself.blogspot.com/
Sebastián Aliosha Soto Caviedes
Sumergido en el estudio y defensa de los derechos humanos, a veces lee, a veces anda en bici, y de cuando en vez baila tango. Le gusta tomar café en compañía.
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