Amazonas, un viaje con propósito

 

Leticia – Tabatinga – Macedonia – Pto. Nariño – Tarapoto – Caballococha – Mocagua

Hace un tiempo empezamos a planear con Jose un viaje, queríamos ir a un lugar de Colombia, pues teníamos pocas millas y pocos días. Amazonas fue desde el principio el lugar más opcionado, sin embargo yo no estaba convencida, pues no quería  ir a ver indios disfrazados para el turismo o tomar un plan, había visto que Amazonas era de esos lugares donde todo está muy amarrado al turismo. Finalmente lo decidimos y empezamos a pensar cómo hacer de este un viaje con propósito. Al principio yo quería dormir en la casa flotante, después en un hotel de lo más chic que ofrecía talleres, hasta que se nos ocurrió que el propósito de este viaje era alejarnos de las multitudes turísticas e intentar hacer todo por nuestra cuenta. Como conozco gente en el medio de biólogos y antropólogos que han vivido en Amazonas pregunté a algunos, me dieron datos y  me hicieron el contacto para hospedarnos en una comunidad con una familia, los contactamos semanas antes y aceptaron sin problema recibirnos en su casa. 
Ese viernes salimos en la mañana,como siempre yo con afán y él desafanado, pues «en Yopal a nadie lo deja el avión» decía él. Sin embargo al poner un pie en el aeropuerto lo primero que escuchamos fue una voz regañona que nos decía: «rápido, en 3 minutos se cierra el vuelo, tienen que llegar una hora antes, llegaron muy tarde!!». Y así entendimos, que aquí los aviones también dejan, nos salvamos por un par de minutos, indicio de la buena suerte que nos acompañaría a lo largo del viaje.
Puerto de Leticia
Las expectativas de este viaje estaban bien difusas, hasta fue difícil alistar la maleta. Ese viernes aterrizamos en Leticia ya muy tarde para tomar el rápido que nos llevaría a Macedonia, así que decidimos buscar allí un hostal. En ese momento Leticia no me pareció más que un pueblo como cualquier otro y sin mayor encanto, el encanto creí encontrarlo más tarde en Tabatinga, pero tampoco fue así. Los siguientes encuentros con Leticia no cambiaron mucho mi primera impresión, me pareció una ciudad sucia y desordenada, el puerto estaba muy inundado y eso la hacía ver desahuciada. /Dato 1: Leticia no es el mejor lugar para quedarse, allí no hay mucho que ver ni hacer, un día allí es suficiente/.

Tabatinga en bicicleta

Jóse y sus borrachos
Queriendo aprovechar la tarde en Leticia, tomamos unas bicis del hostal y nos fuimos para Tabatinga a comer, pero no encontramos comida, solo cerveza y cachaza, en realidad Tabatinga tampoco tenía tanto encanto, solo que era mi primera vez en Brasil y terminamos haciendo algo que normalmente me gusta hacer, ir a las tabernas locales a probar cervezas y otros tragos. Mientras él se comunicaba fluidamente en portugués con los borrachos del Bar Do Lauro, a mi me costaba un poco más el portuñol y de vez en cuando tenía que pedir traducción. Fue solo un par de horas las que pasamos allí, tomamos varias cervezas, conocimos varios borrachos y hasta compré música local pirata. /Dato 2: un cd pirata de música local es uno de los mejores «souvenirs» que puede tener/.  Como nos habían recomendado no coger la noche en Tabatinga,  apenas empezó a atardecer cogimos camino de vuelta, finalmente no comimos, por el camino encontramos una carpa de postres, donde un grupo de mujeres encantadas con nosotros, nos regaló el único bocado no dulce, bolo de batata e frango, que por cierto estaba buenísima.

Macedonia

Reserva Flor de Loto
El sábado en la mañana decidimos intentar ir a la Reserva Victoria Regia por cuenta propia, así que pedimos al rápido público que nos dejara allí, pero al llegar no nos dejaron entrar, pues no había canoa que nos entrara, así que tuvimos que subir de nuevo al rápido y dirigirnos hacia otra reserva. Entre perros y guacamayas pasamos dos horas prácticamente solos en la Reserva Flor de Loto,  pues solo hasta las 10am pasaría el siguiente rápido que nos llevaría a Macedonia.
Casi al medio día llegamos al puerto de Macedonia, una comunidad completamente evangélica habitada en su mayoría por la etnia Tikuna. Allí  nos esperaba Delfino, un pastor evangélico, él, su esposa Eva y sus pequeños hijos Jair y Alexandra, nos recibieron como un miembro más de su familia. Esa tarde Delfino nos llevó donde el Curaca de la comunidad para presentarnos, pues él como autoridad máxima debía estar al tanto de nuestra estancia allí. Tras un par de preguntas y con una sincera sonrisa en su rostro nos dio la bienvenida a Macedonia y nos invitó a ver los partidos de micro esa noche.
Colores y letras… la mejor combinación
La lluvia nos cogió por sorpresa en la única panadería del lugar. Nunca pude saber a qué hora salía el pan, pues siempre me decían: «en una hora», una hora después me decían: «falta una hora» y así… La tarde pasó así, desafanadamente, como pronosticando la dinámica de los siguientes días. En la noche, mientras veíamos el partido de micro, Henry, a quien habíamos encargado la talla de unos bancos pensadores, nos invitó a la casa de su hermana a pintar con tintes y fibras naturales, estuvimos varias horas allá pintando con ellos, hicimos nuestras propias artesanías, nos contaron historias y hasta nos regalaron cosas. Pasamos un rato muy chevere con ellos, pues era una invitación totalmente genuina, como todas las que recibiríamos durante los siguientes días.
Noche de pintura con Henry

Un día en el Río, una noche en la Selva

Lucio
Muy temprano nos levantamos, preparamos huevos con pan y chocolate para toda la familia y salimos a cumplir la cita con Lucio, el lanchero que nos llevaría a recorrer el río. Pero Lucio era más que un lanchero, era miembro de la guardia indígena y reconocido como el mejor pescador de pirañas en su época, todos lo admiraban por sus hazañas en el río.
Mientras él llegaba nos pusimos a hablar con un personaje que nos recomendó que fuéramos hasta Caballococha, en Perú, según él, no era tan lejos y se podía hacer como parte del recorrido. Nos quedó sonando la idea y se lo propusimos a Lucio, quien no se negó. Así que empezamos el recorrido, la primera parada sería en Puerto Nariño, aunque nosotros no queríamos parar ahí, Lucio necesitaba visitar a su hijo, entonces lo acompañamos y de paso dimos un recorrido por el lugar. Nos sorprendió, nos habían dicho que no había mucho que ver y lo imaginábamos como Leticia, pero en realidad es un lugar agradable, con palmas y jardines que le dan encanto, muchos turistas deciden quedarse allí.
Después de este corto recorrido subimos de nuevo a la lancha, por el camino logramos ver un par de delfines grises, los rosados no se dejaron ver. Al rato llegamos al Lago Tarapoto, un lugar increíblemente bonito que trajo la armonía. Aunque queríamos saltar al lago, Lucio no nos dejó, tuvimos que conformarnos con meter los pies en las oscuras aguas, imaginando todo lo que podía haber al fondo, seguro una selva completa llena de animales y casas.
Reflejos del Tarapoto
Un bocadito peruano
Una hora después, Lucio desvió hacia la izquierda por un brazo del río, como quien recorre las calles de una ciudad, y empezamos a ver las banderas peruanas, ya estábamos en Perú. Tuvimos que navegar un rato más hasta llegar al primer municipio. En el camino iban apareciendo comunidades flotantes, literalmente flotantes debido a las fuertes lluvias. Por fin llegamos a Caballococha, un municipio inundado como todos los demás, pero con ese aire peruano que tanto me gusta. Perú nos recibía con sus encantadoras y agudas cumbias, hacía un sol infernal y todo lo que queríamos era una cerveza. Había ferias de comercio pero pocos lugares para tomar algo, así que nos sentamos en la única esquina que encontramos; un par de cervezas heladas y un plato de cerdo asado con un ají de aquellos que solo saben hacer los peruanos, nos entretuvo un buen rato en el lugar, las cumbias continuaban sonando de fondo, mientras Lucio nos contaba sobre su viaje al mar.
Mocagua
Ya era más de medio día y teníamos que regresar, pues estábamos lejos de casa y aún nos faltaba un lugar más por visitar. Pasadas las cinco llegamos a Mocagua, donde teníamos que dejar unos regalos que desde Yopal le enviaban a Sara Bennet, una bióloga gringa que ha pasado gran parte de su vida en el Amazonas trabajando para proteger a los micos. Aparte de dejar el encargo, queríamos conocer su casa, La Casa de los Micos, pero al llegar  a Mocagua el encargado de la casa nos dijo que estaba muy tarde para llegar hasta allá. Me quedé sin conocer a los micos de Sara, era de las cosas que más quería hacer en Amazonas, ya me imaginaba yo abrazada a un mico, pero tristemente no se pudo.
El atardeder nos acompañó mientras llegábamos a Macedonia, ya teníamos planes para esa noche, el día anterior habíamos programado una salida nocturna a la selva, así que después de ir a la casa de Lucio, quien nos invitó a comer bananos y caña, fuimos a alistar rápidamente las cosas. Llegamos donde Guillermo, él no nos esperaba, y aunque estaba trabajando en unas artesanías, no le importó interrumpir su trabajo para alistar su maleta y tomar rumbo para pasar junto a nosotros una noche en la selva.
El secreto
Cuando me hablaron de pasar la noche en la selva, de solo imaginar el camino sentí un miedo intenso. Soy una gallina para la oscuridad y dormir en la selva se salía de mis posibilidades, que tal si a media noche aparecían animales o el Kurupira (espíritu de la selva que hace perder a la gente). Pero por miedo no iba a dejar de hacerlo, así que acepté y me preparé para desvelarme con el corazón a mil toda la noche. Salimos con un equipaje básico, linternas y botas; tomamos una canoa para cruzar la parte inundada, escuchábamos miles de sonidos, el cielo estaba despejado y podíamos ver la luna y las estrellas mientras navegábamos, el escenario estaba de película, me sentía en una atracción de Disney, solo faltaba que me saliera un dinosaurio. De ahí caminamos una hora selva adentro hasta que encontramos un buen lugar para quedarnos, Guillermo alistó el lugar, colgó nuestros chinchorros y estuvimos listos para dormir. A diferencia de las demás noches, ésta no hubo lluvia, tuvimos mucha suerte, pues las lluvias allá no son cualquier lloviznita, son aguaceros torrenciales. Dormí perfectamente toda la noche, creo que el miedo se disipó una vez me subí en la canoa y me encontré con tremendo escenario. Al día siguiente regresamos temprano, recorriendo caminos y cruzándonos con las familias que iban a cultivar sus chagras.
Simplemente Amazonas
Nuestro último día lo pasamos en casa con la familia y recorriendo otros lugares de la comunidad, al día siguiente regresaríamos a Leticia en el primer rápido. Ese día amanecí con dolor en la rodilla y un dedo, pensé que había sido por caminar esos días y fui donde el abuelo Israel, famoso por curar todos los males, a que me sobara. Sin embargo el dolor siguió y a medida que iba pasando el día peor me iba sintiendo, aún me quedaban dos aviones para llegar a mi casa, así que lo mejor era poner buena cara y aguantar. Sin saberlo empezaban a aparecer los síntomas de un dengue que había cogido en Yopal días antes. Ya en la noche, antes de tomar el último avión me sentía realmente mal, tenía muchas nauseas, solo quería ir al baño pero no podía pararme de la silla hasta que el avión despegara, los minutos se me hacían eternos y le rogaba a Jose que me llevara al baño, mi cuerpo se estaba empezando a dormir y si me quedaba ahí seguro me iba a desmayar. El avión despegó y sin esperar a que la señal se apagara, nos paramos al baño donde estuve un buen rato intentando vomitar. Al salir, mi cara lucía verde y ya un médico que viajaba en el avión se había ofrecido para atenderme, me dieron té caliente y pastillas, y me sentí mucho mejor. Los que no se sintieron mejor fueron los demás pasajeros a quienes no les dieron ni café, pues como dirían las azafatas minutos después a los pasajeros: «debido a una emergencia médica no fue posible prestar el servicio habitual». 
En la cocina de Eva
Con la familia Tikuna
Fue un viaje diferente a los que suelo hacer, me contagié un poco del des-afán de Jose y dejé que el viaje tomara su rumbo. Cuando planeamos este viaje pensábamos que no nos quedaríamos más de un par de noches en la comunidad, pero terminamos pasando todos los días ahí. Macedonia fue nuestro hogar por esos días, ya la gente nos conocía, en las noches salíamos a tomar jugo de Copoazú y conversar con los vecinos. Delfino y su familia fueron nuestra familia, antes de dormir leíamos con los niños, cocinábamos con Eva y desayunábamos con el abuelo, a quien llamábamos abuelo. Fueron pocos días pero sentí como si hubiéramos vivido meses allá, definitivamente no teníamos ganas de regresar. Hubo sitios que no conocimos y cosas que no probamos, no volvimos con tatuajes de huito, no nos dieron ceviche de pirarucú, ni tenemos fotos con serpientes en el cuello y micos en la cabeza. Pero vivimos una experiencia cotidiana con unos anfitriones increíbles. Aunque nuestra casa no tenía ducha y el baño era una letrina, era una casa divina, con una familia 5 estrellas. Al final Delfino y Eva no nos cobraron ni un solo peso por la estadía y la comida, «ustedes son mi familia» nos dijo Delfino.
Ale y yo
Loto con Loto

Después de esto reflexioné sobre los viajes, sobre cómo mis decisiones de viaje tienen relevancia no solo para mi sino para una comunidad. Viajar así resulta una forma de hacer turismo más solidario y justo, pues esto les permite a las comunidades participar del mercado turístico local sin necesidad de estar vinculados  a una agencia, cuando dejo de comprar un tour y lo hago por mi cuenta en compañía de alguien local, simplemente estoy eliminando un intermediario y dejando mi plata directamente en la comunidad, así pasa con todos los servicios. Por eso toda la plata que gastamos en estos días quedó ahí, entre la comunidad, quienes además siempre nos cobraron lo justo, jamás intentaron aprovecharse de nosotros o cobrarnos más, por el contrario fueron muy generosos. Quedamos inmensamente agradecidos con estas personas y este lugar, con toda la intención de regresar más adelante, quizás ya no como turistas sino con un nuevo propósito.

La despedida

Por último, este post viene con ñapa. Vean nuestro TripVideo

 

 


Una respuesta a “Amazonas, un viaje con propósito

  1. Fue un viaje especial sin duda, incluso yo, que no lo viví, lo veo y lo leo así. Espero que lleguen muchos momentos más así para los dos, es una forma muy particular y única de disfrutar de un lugar, personas y espacios nuevos. Apoyo con todas mis fuerzas el turismo solidario y justo o mas bien, las visitas entre personas que se comprenden como tal. Saludos.

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