México

DF – Oaxaca – San Cristobal de las Casas – Palenque

«Ya estamos sobrevolando DF y empezará parte de la ruta que hizo Alberto hace quizás 30 años. Sus relatos que han estado siempre en mi cabeza y que hoy me tienen aquí, serán desdibujados por la experiencia y la propia realidad»

(Diario de viaje. Diciembre 18 de 2014)

Siempre quise ir a México, seguramente porque por años tuve en mi cabeza las historias de Alberto, quién contaba que allá un tamal era un envuelto y un envuelto un tamal, e historias de ese porte.  Creo que no fui antes porque Alberto siempre me dijo que era un país muy peligroso, que si iba sola me iban a secuestrar, robar, vender y no sé cuantas cosas más. Así que lo tuve ahí en bajo por unos años, hasta que me decidí, pues era obvio que esos imaginarios de peligro eran sobredimensionados, finalmente todo el mundo cree lo mismo de Colombia y aquí estamos, en un país con una oferta turística increíble y me atrevería a decir que hasta seguro cuando de turismo se trata. Entonces nos armamos parche de chicas, Andrea, Dani y yo,  para «enfrentar el peligro mexicano». No sólo queríamos ir a México sino además llegar hasta Guatemala.

El DF

Llegamos un diciembre al aeropuerto del DF, desde el avión veía una ciudad llena de colores, era tan grande que la sobrevolamos durante algunos minutos. Ya en el aeropuerto pasé inmigración sin problema delante de Andrea y Dani, a quiénes el oficial les puso algo de problema para pasar al ver sus renovados pasaportes sin sellos, sin embargo las dejó pasar. Una vez en la banda de maletas, nos echaron literalmente los perros, pues una docena de perros se entrenaban olfateando a los pasajeros colombianos, un poco intimidante la situación, todos allí esperando  nuestras maletas, mientras los perros rondaban entre nosotros. Yo, y unos cuantos más, tuvimos que abrir nuestros equipajes de mano para una breve requisa.

Al hostal llegamos en bus, las indicaciones que nos dieron fueron muy acertadas y no tuvimos mayor problema para encontrar la dirección a un par de cuadras del famoso Zócalo. Sin saberlo habíamos reservado un hostal 5 estrellas que costaba un poco más de 10US la noche, con desayuno mexicano incluido, que tenía desde huevos hasta gelatinas. Esa tarde no fue más que dejar las maletas y salir de inmediato a buscar comida, moríamos de hambre y no podía esperar para probar las delicias mexicanas, creo que era mi gran expectativa. No fue fácil encontrar lo que queríamos (en realidad no sabíamos qué queríamos), pero encontramos a una mujer en la calle que vendía algo que lucía como una arepa negra, eran Tlacoyos. Esta masita de maíz azul rellena de habas o fríjoles,  con queso, chicharrón y jalapeños encima, fue nuestro primer y grato encuentro con la gastronomía mexicana. Aquella mujer, con la paciencia de la vida y la experiencia de unas manos que alimentan a toda una familia, nos dio un abre bocas a las delicias que nos encontraríamos en cada lugar.

Tlacoyos
                                              Tlacoyos

Ya me lo imaginaba, el DF es un monstruo, había escuchado muchos comentarios de mexicanos y extranjeros sobre esta ciudad, algunos bastante negativos, sobre todo de mexicanos que hablaban del metro como si fuera el coco. Mencionaban aterradoras historias de abusos, violencia y robos, que sugerían evitarlo. Pero estando allí, antes de tomar otra opción, preferimos verlo con nuestros propios ojos, y vaya sorpresa, el metro es la mejor opción, nada que no tenga un sistema masivo de transporte de cualquier ciudad y nada que uno como bogotano no pueda pilotear. Es fácil y relativamente seguro. Mejor dicho, nunca nos pasó absolutamente nada, por el contrario nos sirvió para movernos por toda la ciudad, allí las distancias son gigantes y de otro modo no hubiéramos logrado recorrer tanto.

Estábamos preparadas para andar y así lo hicimos, fueron largos y felices días en esta ciudad donde hay mil cosas que ver y probar. Si se trata de museos la oferta es buenísima, el de antropología entró en mi «selecto» ranking de museos,  uno podría pasar varios días y no alcanzaría a conocerlo todo, es brutal e inmenso. Siguiendo la ruta de museos, pasamos por el de arte moderno y el Palacio de Bellas Artes donde hay algunos murales de Diego Rivera, de esos que uno puede admirar y disfrutar sin saber nada de arte. Ese día, a la entrada del museo, de purísima casualidad nos encontramos con Julieta Venegas, ella iba saliendo del museo con el guapo de su novio; aunque no soy la más fanática de esta mujer, no perdimos oportunidad de untarnos de jet set mexicano y tomarnos la fotico pa´ chicaniar. Pero eso no es todo, al día siguiente caminando por Coyoacán volvimos a encontrarla (esta vez no hubo foto).

Con Julieta Venegas
                                                                                Con Julieta Venegas

Mexicanidades

Nada más mexicano que Plaza Garibaldi, no el bar maluco de Bogotá, la del DF, allá donde se paran los mariachis a cantar. La segunda  noche en DF caminamos hacia Plaza Garibaldi, que por cierto no está en un lugar muy seguro, por lo que tuvimos que acelerar el paso, para llegar a este encantador rincón. Lo primero que vimos fue el mercado de comida, aunque habíamos acabado de comer no podía dejar de entrar, como siempre lo he dicho, las plazas de mercado me seducen, así que de cabeza me metí allá rogando a mi estómago que abriera espacito por ahí pa´ poder probar algo más. Yo me resistía a salir de allí sin nada, las mesas estaban llenas de diferentes tipos de ají, el techo decorado con papel picado y otros adornos, era un lugar tan festivo y lleno  de detalles que no quería salir de ahí. Como pa´quedarnos un rato más, decidimos tomarnos una cerveza, y la señora del lugar como para hacernos una atención, nos puso un plato con «Tostadas» de maíz, con las que pudimos probar todos y cada uno de los ajíes, incluso el más «picoso».  Después de eso, pude irme tranquila.

Picosos
                                                                   Picosos

Pero allí no acabó Plaza Garibaldi, de ahí salimos para el Tenampa, una cantina de lo más coqueta donde tomamos unos cuantos tequilas al estilo mexicano, y para rematar salimos de ahí para una Pulquería, es decir, un lugar donde venden Pulque, y ¿Qué es Pulque?, pues uno se imaginaría que es un trago fuerte, de esas cosas que toma la gente un viernes en la noche, pero no!!, esto es como una lechecita dulce ligeramente fermentada, mejor dicho como pal desayuno. Aún así, los mexicanos la toman una noche de viernes. Cuando creíamos que la noche acababa, caminando por la plaza me dio por meterme a un lugar donde había mucha gente, y sin saber terminamos colándonos en una posada  (novena navideña) en una vecindad como la de El Chavo. Entramos en el momento en que rompían una piñata y cantaban algo como: «Dale, dale, dale, no pierdas el tiro, ya le diste 1, ya le diste 2, ya le diste 3, tu tiempo se acabó». Que buen hallazgo, aunque los vecinos del lugar nos miraban un poco extraño e incluso una señora alcanzó a decir que nosotras no éramos de ahí, una mujer o quizás hombre, en realidad era un travesti, se acercó a recibirnos y hasta dulces nos dio. Un muestra de la amabilidad y generosidad de los mexicanos.

Con Chavela
                                                                  Ayy Chavela

Eran días maratónicos en DF y me moría por conocer a «La Lupita». Aunque no soy precisamente católica, o por lo menos no practicante, la religiosidad popular me encanta, y qué mejor que conocer a la Virgen de Guadalupe, icono del pueblo mexicano. Siempre pensé que me iba a encontrar con una estatua de una virgen con un manto lleno de estrellas, pero en realidad era un cuadro, aunque no fue lo que esperaba, el espacio completo me encantó, muchos altares, flores y velas. Al parecer tengo una extraña fijación con eso, cosas de antropólogos  supongo. Tras poner una velita por los 43 desaparecidos, me traje mi estampita de la Virgen de Guadalupe que tendrá su lugar al lado de Changó, Maximón y otras deidades que se irán sumando a un altar.

Por su parte, Andrea quería ir a Xochimilco, pues recordaba un capítulo de la serie de tv ochentera «Dejémonos de vainas», donde habían viajado a México y aparecían en Xoxhimilco. Así que atravesamos toda la ciudad para  embarcarnos en una trajinera (bote pequeño), un plan que parece muy turístico pero resulta de lo más local, pues a los mexicanos les gusta ir a celebrar en trajineras, llevan comida y celebran con mariachis en vivo. Nosotras que no queríamos quedarnos atrás, pedimos una canción a los mariachis, después de pensar mucho cual (conocíamos muy pocas), nos decidimos por «Cielito Lindo», y esa fue la que nos cantaron desde su propia trajinera que flotaba al lado de la nuestra.

Xochimilco
                                                     Xochimilco

Y no podía faltar Tehotihuacán, por supuesto que fuimos a la ciudad de los dioses, sin duda deslumbrante. Estando allí, no podía hacer más que subirme a la luna para homenajear  al sol con su saludo.

Saludo al Sol
                                                                              Saludo al Sol

 

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                                                                    Tehotihuacán

 

Mezcaliando 

Empezamos a bajar y nos detuvimos en Oaxaca, nuestra siguiente parada. Algunas personas nos decían que no era seguro viajar de noche, pero era nuestra mejor opción, así que igual tomamos el bus en la noche. Me preocupaba un poco el viaje pero en realidad había mucho tráfico, entonces me relajé, solo esperaba que no nos parara la policía mexicana, pues mala fama que si tienen, yo prefería tenerlos lo más lejos posible. A la 1:00am llegamos a la ciudad después de 6 horas de viaje, y para aprovechar que estábamos en el terminal, decidimos averiguar los tiquetes para ir hacia Yucatán en un par de días más. Al preguntarle al señor de la ventanilla, me enteré que Valladolid (Yucatán), donde queríamos ir a ver los cenotes, no estaba a 12 horas como pensaba, sino a 20 horas y tocaba hacer paradas en 3 ciudades. Básicamente era mucho rollo llegar allá. Andrea se sintió un poco decepcionada al saber que no íbamos a conocer los cenotes, yo me lo tomé con toda la calma, si no se podía pues no se podía. Así que en ese momento decidimos comprar tiquetes a San Cristobal de las Casas, era 23 de diciembre y no era fácil conseguir cupos para viajar, los precios subían cada minuto y no había opción de pensarlo mucho. Nueva ruta, nuevo plan, perfecto! Finalmente así son los viajes.

No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar en Oaxaca, pensábamos que más bien  había poco que hacer allí, pero fue todo lo contrario. Nos encontramos con una ciudad colonial divina, aunque, como dirían los mexicanos, un poco «fresa» para mi gusto. Es muy al estilo Cartagena o Villa de Leyva, de restaurantes  y tiendas muy costosas. Pero claro está, también tiene la parte menos fresa, al ser la tierra del Mezcal hay muchas mezcalerías por ahí y está rodeada de cultivos de Agave. Pudimos pasear por pueblos alrededor y tomar algunos mezcales y hasta comer helado de mezcal. La mezcalería El Espino fue nuestro mejor hallazgo en la ciudad, el lugar perfecto para escuchar buena música y tomarse un buen trago. Por otro lado, tuvimos la suerte de llegar a Oaxaca en una celebración importante: la Fiesta de los Rábanos, donde los oaxaqueños hacen elaboradas figuras con rábanos gigantes, un evento bastante local y particular, había castillos, animales, personajes y muchas otras cosas hechas en rábano, quién dijo exótico!

Mezcalería El Espino
                                                             Mezcalería El Espino

 

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                                                                 Fiesta de Rábanos

 

Chiapas

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                       Los mayordomos Chamulas

La decisión que tomamos de ir a San Cristobal de las Casas fue totalmente acertada. Era navidad y todo lucía muy tranquilo cuando llegamos. tenpíamos la firme intención de coger unas bicis para conocer la ciudad y sus alrededores, pero fue imposible encontrarlas, entonces nos tocó echar bus, de hecho bus turístico. Alrededor de San Cristobal, está lo que ellos llaman los Pueblos Indígenas,  Chamula y Zinacantan, llegamos en la celebración de fiestas de la época y pudimos ver algunas celebraciones en la iglesia y en la casa de los llamados mayordomos  (máxima autoridad de la comunidad). Ese es un plan super turístico, confieso que pagamos por entrar a ver algunas celebraciones y templos. Eran templos sin sillas, estas comunidades son católicas tradicionalistas y aunque no tienen la figura del sacerdote, usan la iglesia como espacio ritual. Mientras hacían rezos y ofrendas (entre las ofrendas no puede faltar la gaseosa), otros observábamos guardando la distancia. Fueron escenas muy bonitas, ver a estos hombres con sus gruesos trajes de lana blanca y las mujeres con sus faldas de lana negra, la música, el Posh (aguardiente de maíz que le quitó la gripa a Andrea por un par de horas), y un montón de detalles que encantan, pero que a la vez dejan ese sinsabor de no saber si verlo con ojos de turista, viajera o de antropóloga, al fin y al cabo estábamos pagando por verlo.

Esa noche de navidad la pasamos con todos los del hostal, toda una familia viajera y los anfitriones mexicanos. Todos cocinamos algo para la cena, fueron horas cocinando en la pequeña cocina, pero valió la pena, pues a la hora de la cena teníamos una mesa repleta de comida del mundo, había: pollo relleno, cerdo, ensaladas, tortilla española, risotto, guacamole, arroz con leche, frutas, chocolates y arroz con pollo como cuota colombiana. A las doce nos sumamos a la tradición mexicana e hicimos la posada, que consistía en llevar al niño dios hasta su posada, para eso salimos del hostal cargando velas y regresamos a la puerta a pedir que le dieran posada, los mexicanos lo hacían cantando las Letanías para pedir y dar posada, los demás solo los seguíamos. Cuando entramos al hostal, pusieron al niño en el pesebre y después rompimos la piñata, estaba llenísima de dulces, tuve dulces durante todo el viaje e incluso aún queda uno en mi nevera. Fue una navidad,extranjeramente tradicional, después intercambiamos algunos regalos que quedaron como buenos recuerdos de aquella noche.

Cena de navidad
                                                       Cena de navidad

 

Un encuentro con los Zapatistas

El 25 muy temprano cogimos camino hacia Palenque, queríamos acercarnos a la frontera con Guatemala para cruzar. Extrañamente la forma más fácil y barata de llegar era tomando un bus turístico que nos llevaba a diferentes lugares y al final a las ruinas de Palenque, así que decidimos hacerlo así y pasar por Misol Ha y Agua Azul, dos cascadas. Habíamos trasnochado mucho la noche anterior y recorrimos estos lugares sin mayor expectativa. Cuando salimos de la segunda cascada, andamos un rato en el bus y de repente este se detuvo y empezamos a ver unos personajes de botas de caucho negras, pasamontañas y pañoletas rojas que cubrían su rostro, era el EZLN. No podía creerlo, por un minuto me asusté pero ahí mismo comprendí que no era como encontrarme con las FARC, que no me iban a hacer nada y lo único que pedían era una cuota irrisoria por cada pasajero. Lo único que dijeron fue: «buenos días, estamos cobrando $15MXN por persona, ¿Cuántos vienen?». El conductor nos pidió la plata, cada uno la entregó y el bus arrancó. No fueron más de 5 minutos que estuvimos en el reten, no pasó realmente nada, pero habernos encontrado casualmente con los Zapatistas en México si que es una buena anécdota de viaje.  La Ruta continuó hasta Palenque, no sin comentar después con emoción el agradable incidente.

Palenque
                                                                                   Palenque

Sabores mexicanos

México se acabó muy rápido, disfrutamos cada minuto de este increíble país. Me di cuenta que los mexicanos y los colombianos nos parecemos mucho, a pesar que no estamos tan cerca, siento que tenemos más cosas en común con ellos que con nuestros vecinos del sur. Son gente amable y generosa, en más de una ocasión nos ofrecieron comida gratis y nos invitaron a probar del propio plato en que comían. Este país me hizo muy feliz, sobre todo a mi estómago, pues probé todo lo que se me pasó por el frente y todo me encantó. Cuando viajo prefiero no tener filtro para la comida y definitivamente en México no hay que tenerlo porque todo es muy rico. Además, los mexicanos comen todo el día y grandes cantidades, hay puestos de comida en cada esquina, frutas, dulces, fritos y aunque todo tiene maíz, hay variedad. No podría nombrar todo lo que comí, pero recuerdo el anhelado pollo con mole, el elote, la fruta con ají, los tamales, las tortillas en todas su presentaciones, y los nopales (cáctus) asados, que ahora preparo en mi casa en Yopal.

 

Fruta picosa
                                                                  Fruta con ají

 

Sabores mexicanos
                                                            Sabores mexicanos

La segunda parte de este viaje transcurre en Guatemala.

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